La gestión de la sociedad por el Estado no solo es contraria a la libertad humana; es también irrealizable. No puede lograr lo que pretende conseguir, que con frecuencia no es otra cosa que un control absoluto de algún sector económico y de la vida social. El intento produce el contraataque de la sociedad. La gente encuentra lagunas y atajos o simplemente inventa nuevas salidas para hacer el progreso posible. Esto se debe a que la gente no quiere vivir enjaulada. Lucha para ser libre, y, a veces, lo consigue.
En la actualidad, la innovación ha proporcionado a la gente más herramientas. Y con frecuencia emplea esas herramientas para sortear las barreras que los políticos y los burócratas han erigido.
Pero durante cuanto tiempo podrá el Estado hacer frente a ese vertiginoso ritmo de innovación, mientras la hidra de la desobediencia civil hace crecer una cabeza allí donde otra sea cortada? A no ser que el Estado se vuelva realmente represivo muy deprisa (y todos nos tememos que lo haga), sus funcionarios no podrán controlar los enjambres y las oleadas de destrucción creativa que esos enjambres traen consigo. Esas cincuenta formas se convertirán en 50.000. Éste es nuestro presente. Éste es nuestro futuro.
Durante mucho tiempo, como liberal, me he debatido entre la utopía anarcocapitalista y el posibilismo minarquista. Ahora veo que el anarcocapitalismo no solo es posible sino inevitable.
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