Un estudio hecho en los países nórdicos , demostró que las personas que invierten en bolsa no son los que más dinero tienen, sino lo más inteligentes.

"Por extraño y paradójico que le parezca: La renta variable es el activo-a largo plazo-más rentable y menos arriesgado".Francisco García Paramés

La clave en el mundo de las inversiones está en la PACIENCIA, como decía un inversor value "Más vale hacerse rico despacio que pobre rápidamente" .

Todo llega para quien sabe esperar.Nunca te des por vencido, las grandes cosas llevan tiempo.

‎ "Yo me fío más de cómo maneja la economía una familia que se juega el pan o un empresario, que se juega la ruina, que un grupo de señores que, cuando quiebran un país, se van a su casa, reciben seis cargos públicos o privados y se dedican a dar discursos."Daniel Lacalle

Los seres humanos observan que hoy en día las carreteras, los hospitales, las escuelas, el orden público, etc. etc., son proporcionados en gran (sino en exclusiva) medida por el estado, y como son muy necesarios, concluyen sin más análisis que el estado es también imprescindible. No se dan cuenta de que los recursos citados pueden producirse con mucha más calidad y de forma más eficiente, barata, y conforme con las cambiantes y variadas necesidades de cada persona, a travésdel orden espontáneo del mercado, la creatividad empresarial y la propiedad privada.Jesús Huerta de Soto

Comprar cuando la bolsa baja y vender cuando sube es difícil porque va en contra de la naturaleza humana: en los últimos 3.000 años, cuando el vecino de al lado salía corriendo o gritaba "fuego", ha resultado rentable salir corriendo también. De ahí que cuando la bolsa sube nos dan ganas de comprar, y cuando baja nos dan ganas de vender, por una simple cuestión de biología.

¿Pero es que no os dais cuenta que todas las injusticias y toda la corrupción proviene de lo "publico"?‏



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viernes, 8 de abril de 2011

¿Qué son los tipos de interés?

Fuente

Por Juan Ramón Rallo


Los tipos de interés sólo son un precio más dentro del mercado: el precio del tiempo (¡no del dinero!) que depende de la distinta impaciencia de los agentes.

Desde antaño se ha sostenido que el dinero es estéril. Y algo de verdad hay en eso: hasta donde me alcanza, nunca he visto a las monedas o billetes de mi cartera reproducirse y engendrar nuevas monedas o billetes. De hecho, aunque lo hicieran, difícilmente nos volveríamos más ricos, pues la tendencia sería a que el precio del resto de bienes y servicios se encareciera. Pero entonces, si el dinero ni se reproduce ni es directamente productivo, ¿a qué viene que cobremos intereses por prestarlo?
Creo no tergiversar demasiado si digo que el fenómeno del interés es uno de los peor entendidos en toda la ciencia económica. Para empezar, como el interés se paga en dinero y por el dinero, se ha generalizado la idea de que es un fenómeno enteramente monetario. Keynes pensaba que si se incrementaba lo suficiente la cantidad de dinero, el tipo de interés nominal podría caer al 0% de manera permanente. Sin embargo, piénselo un momento: ¿hay alguien que se endeude simplemente para atesorar el dinero? Es decir, ¿hay alguien que pida prestados 200.000 euros durante un año al 10% simplemente para guardarlos debajo del colchón? Sería un poco absurdo, porque pasado el año debería devolver 220.000 euros.
En realidad, y he ahí el primer error, cuando demandamos crédito estamos demandando, no dinero, sino bienes y servicios. El dinero es sólo el medio necesario para, en esta sociedad monetaria nuestra, comprar esos bienes y servicios. O dicho de otra manera, cuando pedimos una hipoteca queremos, en realidad, una vivienda; cuando pedimos un préstamo al consumo queremos, en realidad, un coche; cuando pedimos un préstamo empresarial queremos, en realidad, fichar a trabajadores, comprar maquinaria, contratar el suministro eléctrico...
Bien, sentado esto, imagine que mucha otra gente desea comprar la misma casa, el mismo coche o contratar a los mismos factores productivos. ¿Cómo decidimos quién se los queda? Básicamente a través del sistema de precios: aquellos que estén dispuestos a ofrecer más por esos bienes y servicios serán quienes los captarán. Pero imagine que usted no tiene hoy nada que ofrecerles, ¿significa ello que tiene las manos atadas para pujar? No, siempre y cuando sí pueda ofrecerles algo en el futuro.
Suponga que va a comprarle un inmueble a un promotor inmobiliario. Éste le exige 200.000 euros y usted está hoy sin blanca, pero sabe que dentro de un año va a cobrar una cuantiosa herencia de 500.000 euros. En tal caso podría prometerle al promotor que le pagará la vivienda en doce meses. Ahora bien, ¿cuánto piensa que debería pagarle dentro de un año al promotor para que acepte entregarle hoy la vivienda? ¿200.000 euros? No parece que al promotor le vaya a resultar una oferta muy atractiva, por cuanto hay otra gente interesada en pagarle eso mismo hoy. ¿200.001 euros? Tampoco resulta probable que el promotor esté dispuesto a esperar un año sólo para embolsarse un euro de diferencia.
Lo cierto es que usted debería ofrecerle suficiente dinero como para que a él le compensara esperar un año a cobrar los 200.000 euros (tal vez, por ejemplo, 220.000 euros). Al cabo, todos preferimos disponer del dinero antes que después, lo que equivale a decir que todos le asignamos valor al hecho de poder disponer de los bienes y servicios antes que después (es lo que se conoce como "preferencia temporal" o, simplemente, "impaciencia"). No olvidemos que los bienes presentes nos sirven o para satisfacer nuestras necesidades presentes (bienes de consumo) o para preparar la satisfacción de nuestras necesidades futuras (factores productivos) de modo que por fuerza le otorgaremos valor a disponer lo antes posible de esos bienes presentes: dicho de otro modo, el tiempo, la anticipación, es útil.
He ahí el fundamento del interés: el exceso de valor de los bienes presentes sobre los bienes futuros o, dicho de otro modo, la utilidad de anticipar la disposición de esos bienes presentes. Por ejemplo, si intercambiamos una casa que vale 200.000 euros por 220.000 euros dentro de un año, estamos diciendo que para que el promotor acepte desprenderse de su casa sin recibir nada a cambio durante un año, hay que compensarle en 20.000 euros (lo que sobre los 200.000 euros que vale el inmueble, equivale a un interés del 10%). Si los bienes presentes no fueran más valiosos que los futuros, el promotor sería indiferente entre recibir 200.000 euros hoy o mañana. Pero como es obvio no lo es.
Lo mismo sucede si le pedimos a otra persona que nos preste 200.000 euros para pagarle a tocateja la casa al promotor. Nuestro prestamista podría haber utilizado esos 200.000 euros en otras cosas: en consumir más, en invertir o en mantenerlos atesorados para lo que pueda venir (como es obvio, si no quisiera utilizarlos para nada en ningún momento, no se habría preocupado desde el comienzo en acumularlos produciendo bienes y servicios para el mercado mientras renunciaba a su tiempo libre).
En definitiva, los tipos de interés sólo son un precio más dentro del mercado: el precio del tiempo (¡no del dinero!) que depende de la distinta impaciencia de los agentes a la hora de anticipar la disposición de bienes presentes o de aceptar retrasarla. Se trata de un precio que impregnará todas las transacciones en las que participe el tiempo: no sólo en las de tipo monetario y desde luego no sólo en las que tengan lugar en los mercados crediticios. Por dar dos ejemplos muy sencillos: en los contratos de aparecería y en las relaciones laborales hay implícito un tipo de interés. El cesionario aparecero comparte una parte de sus aprovechamientos futuros con el cedente aparcero debido a que éste le adelanta sus factores productivos sin cobrarle nada hasta el momento futuro en el que produzca; lo mismo sucede en las relaciones laborales, donde el capitalista adelanta los salarios (y la maquinaria) a cambio de quedarse con una parte de la producción futura (la famosa plusvalía que Marx jamás comprendió).
No quiero con ello decir que en la determinación de los tipos de interés sólo influya la preferencia temporal; también tienen relevancia otras variables como las perspectivas de inflación, la prima de liquidez o las manipulaciones crediticias. Más bien, lo que quiero señalar, es que la existencia de los tipos de interés depende por entero de la preferencia temporal (y de otra categoría hermana como es la aversión al riesgo, de la que hablaremos otro día). Sin preferencia temporal no habría tipos de interés, aun cuando hubiese manipulaciones del volumen de crédito; con preferencia temporal habrá tipos de interés, aun cuando estos puedan ser distorsionados por otras variables como las expansiones crediticias.
¡De cuántas barbaridades nos habríamos librado si los economistas hubiesen entendido adecuadamente este sencillo concepto!
Puede dirigir sus preguntas a contacto@juanramonrallo.com
Juan Ramón Rallo es jefe de opinión de Libertad Digital, director del Observatorio de Coyuntura Económica del Instituto Juan de Marianadoctor en Economía y profesor en la Universidad Rey Juan Carlos y de ISEAD. Ha escrito, junto con Carlos Rodríguez Braun, el libro Una crisis y cinco errores, galardonado con el Premio Libre Empresa 2010. Puede seguirlo en Twitter o en su página web personal.

jueves, 7 de abril de 2011

Subidas de tipos :Ya era hora


Juan Ramón Rallo


Trichet acierta en subir los tipos. Por una razón: necesitamos menos deuda.



Una de las cuestiones peor entendidas en esta crisis económica es que no necesitamos más sino menos deuda. Muchos economistas siguen empeñados en huir hacia adelante: como el endeudamiento en general produce un calentón económico (más inversión, más consumo, más empleo, más actividad...) infieren inmediatamente que ahora, para salir de esta crisis, también necesitamos más deuda.
Claro que... ¿cuánta más? Nuestras sociedades han acumulado en los últimos años unos pasivos equivalentes al 350% o 400% del PIB. Se trata de unas deudas que hemos de amortizar a través de nuestra producción futura. Pero, ¿producción futura de qué? Nuestras estructuras productivas están adaptadas para producir grandes cantidades de casas invendibles a unos precios que no hacen rentable su construcción. Resulta bastante evidente, pues, que con el estado actual de las cosas no podemos hacer frente a esa deuda y, de hecho, la mitad de los países del euro se encuentra al borde de la suspensión de pagos. De hecho, casi nadie niega este punto. La discusión entre los economistas se dirime en cómo hacer frente a esa suspensión: si mediante inflación, default o rescate. No discutimos el qué, sino el quién se va a comer el marrón.
La cuestión que todos deberían plantearse, sin embargo, es qué sentido tiene afirmar que necesitamos más deuda para salir de la crisis cuando, precisamente, ya no nos podemos hacer cargo de la deuda que hemos acumulado hasta el momento. A las claras está que se trata de otro sinsentido que deriva de ese mal consistente en aplicar teorías económicas elaboradas inductivamente durante épocas que nada tienen que ver con la actual: en los años 50 los agentes económicos eran enormemente solventes, hoy son terroríficamente insolventes. Un pequeño detalle que lo cambia todo y que constituye la razón básica por la que las mismas recetas –o los mismos placebos– no surtirán idénticos efectos en ambos casos.
Lo que toca ahora, sí, es amortizar deuda. Desmantelar estructuras empresariales que destruyen valor –como los promotores inmobiliarios–, vender sus factores productivos a aquellos empresarios que sepan darles un mejor uso y con las resultas de esa sana liquidación amortizar la parte de la deuda que se pueda (y la otra, lo siento, se impaga, que no otra cosa son las pérdidas empresariales).
En este sentido, hace bien Trichet en comenzar a subir los tipos de interés. Al margen de esa inflación de las materias primas que está generando Bernanke y que bien debiera convertirse en la tumba del monetarismo, hay una razón de mucho peso para subirlos: los tipos bajos no sólo promueven el endeudamiento de los agentes solventes, sino que también frenan el desapalancamiento de los insolventes. Ahora somos una sociedad mayoritariamente insolvente, por lo que necesitamos de tipos de interés altos para incentivar la amortización anticipada de una deuda con la que se han financiado inversiones que nunca volverán a ser rentables (si digo "suelo", los promotores inmobiliarios –y las cajas– me entenderán).
Los tipos bajos desincentivan que los deudores a tipo variable hagan borrón y cuenta nueva con sus deudas e impide que los deudores a tipo fijo cancelen anticipadamente las suyas. Y es que a menores tipos de interés, mayor se vuelve el valor liquidativo de las deudas a tipo fijo y, por tanto, más complicada y onerosa resulta su refinanciación.
Trichet acierta en subir los tipos. Por una razón: necesitamos menos deuda. Mientras creamos que podemos construir la recuperación con un endeudamiento todavía mayor a los impagables niveles actuales, continuaremos inmersos en un estancamiento destructor como el actual: lo malo va muriendo lentamente, pero lo nueve no tiene ninguna prisa por nacer.
Juan Ramón Rallo es jefe de opinión de Libertad Digital, director del Observatorio de Coyuntura Económica del Instituto Juan de Marianadoctor en Economía y profesor en la Universidad Rey Juan Carlos y de ISEAD. Ha escrito, junto con Carlos Rodríguez Braun, el libro Una crisis y cinco errores, galardonado con el Premio Libre Empresa 2010. Puede seguirlo en Twitter o en su página web personal.