Yo como particular,no podré valorar bien el balance de una compañía,no podré ganar nunca a los mejores gestores.Por eso concluí que lo más razonable es delegar esa responsabilidad y destinar todo mi esfuerzo a buscarlos(fondos VALUE).Soy un enamorado del VALUE INVESTING, por eso tengo la mayoría de mi patrimonio bajo el criterio de inversión value.
Un estudio hecho en los países nórdicos , demostró que las personas que invierten en bolsa no son los que más dinero tienen, sino lo más inteligentes.
"Por extraño y paradójico que le parezca: La renta variable es el activo-a largo plazo-más rentable y menos arriesgado".Francisco García Paramés
La clave en el mundo de las inversiones está en la PACIENCIA, como decía un inversor value "Más vale hacerse rico despacio que pobre rápidamente" .
Todo llega para quien sabe esperar.Nunca te des por vencido, las grandes cosas llevan tiempo.
"Yo me fío más de cómo maneja la economía una familia que se juega el pan o un empresario, que se juega la ruina, que un grupo de señores que, cuando quiebran un país, se van a su casa, reciben seis cargos públicos o privados y se dedican a dar discursos."Daniel Lacalle
Los seres humanos observan que hoy en día las carreteras, los hospitales, las escuelas, el orden público, etc. etc., son proporcionados en gran (sino en exclusiva) medida por el estado, y como son muy necesarios, concluyen sin más análisis que el estado es también imprescindible. No se dan cuenta de que los recursos citados pueden producirse con mucha más calidad y de forma más eficiente, barata, y conforme con las cambiantes y variadas necesidades de cada persona, a travésdel orden espontáneo del mercado, la creatividad empresarial y la propiedad privada.Jesús Huerta de Soto
Comprar cuando la bolsa baja y vender cuando sube es difícil porque va en contra de la naturaleza humana: en los últimos 3.000 años, cuando el vecino de al lado salía corriendo o gritaba "fuego", ha resultado rentable salir corriendo también. De ahí que cuando la bolsa sube nos dan ganas de comprar, y cuando baja nos dan ganas de vender, por una simple cuestión de biología.
¿Pero es que no os dais cuenta que todas las injusticias y toda la corrupción proviene de lo "publico"?
lunes, 4 de agosto de 2014
Emprender en España
Miren como los políticos destruyen riqueza:
http://labolsayeconomia.blogspot.com.es/2013/09/luchar-contra-la-pobreza.html
http://www.perezreverte.com/articulo/patentes-corso/933/en-manos-de-quien-estamos/
viernes, 6 de diciembre de 2013
Frase
viernes, 20 de septiembre de 2013
Luchar contra la pobreza
- El vehículo dispone de todas las garantías exigidas por la legislación española y europea.
- La circulación de ciclos está permitida según el código de circulación español.
- No existe ninguna norma ni ordenanza de la Ciudad de Barcelona en contra de esta actividad.
- La actividad de alquiler de ciclos (y sus asientos) existe en Barcelona y otras ciudades.
- La empresa está legalmente constituida, está al corriente de sus pagos y sus trabajadores de alta en el régimen general de la seguridad social.
- La actividad dispone de un seguro de responsabilidad civil.
- ¿Por qué no podemos operar? à Respuesta verbal: “actividad sin licencia”.
- ¿Qué hacen cuando enseñamos la licencia de actividad? à Respuesta verbal: “eso no vale”.
- ¿Qué vale? à Respuesta verbal: “lo que diga el Ayuntamiento”.
- Pero el Ayuntamiento nos ha dado esto. à Respuesta verbal: “pues eso no es suficiente”.
- ¿Qué necesitamos para que sea suficiente? à Respuesta verbal: “haced una solicitud”
- Ya la hemos hecho hace un año y medio y no contestan à Respuesta verbal: “no es mi problema”
sábado, 9 de febrero de 2013
Comparación entre el capitalismo y el socialismo. ¿Cómo se crea la riqueza?
jueves, 29 de noviembre de 2012
¿ Por qué importa la libertad económica?
Conferencia: No sólo los países más libres son más prósperos, sino que todos tenemos derecho a tomar libremente nuestras decisiones.
Crecimiento Económico=Propiedad Privada + Seguridad Jurídica + Impuestos Bajos + Libre Competencia + Mínimo Intervencionismo + Libertad de Empresa y de Comercio – Tamaño del Estado.
Es decir más mercado(Capitalismo) y menos Estado( Intervencionismo).
Más información:
http://www.libertad.org/wp-content/uploads/2012/01/Indice-2012-de-Libertad-Economica.pdf
http://espanol.doingbusiness.org/~/media/FPDKM/Doing%20Business/Documents/Annual-Reports/Foreign/DB12-Spanish.pdf
Saludos
sábado, 8 de septiembre de 2012
¿Pobreza o riqueza? Los mitos de la distribución de la renta
martes, 21 de agosto de 2012
Sánchez Gordillo, Mercadona y la lucha contra la pobreza
La respuesta de un socialista a la constatación de que unos tienen más y otros menos es robar a los que tienen más. O a los que ellos creen que tienen más, que no suele ser lo mismo. Así, Sánchez Gordillo y sus secuaces deciden que hay gente en Sevilla que pasa hambre, y que lo mejor que pueden hacer es ir allí donde hay mucha comida y robarla. Es exactamente lo mismo, por cierto, que hace el Estado cuando nos quita dinero en forma de impuestos para “redistribuir la riqueza”.
El problema es que todos los socialistas parten de la idea de que la riqueza es como un estanque, con una cantidad dada. Si uno tiene más, es porque ha sacado más agua de ese estanque, y por tanto “se lo ha quitado” al resto. Así que está justificado robar al que más tiene, porque en el fondo “quien roba a un ladrón tiene cien años de perdón”.
Lo que sucede es que la riqueza no funciona como un estanque, sino como un manantial. Quien tiene más riqueza es el que consigue encontrar una nueva fuente de agua, no quien se apropia de la que ya hay. Para comprobarlo, no hay más que ver, por ejemplo, la riqueza que había en España hace 100 años y la que hay ahora. Por muy mal que estemos ahora, yo no volvería a la España en la que nacieron mis abuelos ni loco. Estamos hablando de hambre, de analfabetismo brutal, de una inmensa mayoría de vidas sin más horizonte que trabajar de sol a sol 365 días al año. De gente que no podía viajar más allá de los límites de su provincia, que no tenía agua caliente en su casa, que moría o quedaba tullida de por vida por una enfermedad común o una mala caída.
Los pobres que hay en España hoy no pueden ni imaginarse lo que era ser pobre hace cien años. Somos una sociedad mucho más rica. ¿Y de dónde ha salido esta riqueza? Fundamentalmente, de gente que desde los años 60 empezó a crear empresas, a emigrar a las ciudades buscando mejorar su situación. La riqueza que disfrutamos hoy es la creación de una generación que nació en una guerra civil, que sufrió una dictadura, a la que nadie regaló nada y que lo que hizo fue trabajar y trabajar para que sus hijos tuvieran más posibilidades que ellos.
Desde que se ha sabido que Amancio Ortega es la tercera fortuna del mundo, no he parado de leer tuits en los que le acusan de explotar a marroquíes, de hacer una ropa que es una mierda, de explotar a los dependientes… el odio a Ortega tiene su lógica: es la prueba viviente de que los que creen en la riqueza-estanque están radicalmente equivocados. Por eso le odian. Porque no pueden decir que ha amasado su fortuna recibiendo los favores del poder, como Polanco, ni por ser rico de nacimiento, como Botín.
Ortega es un hombre que empezó como dependiente en una tienda. Y podía haberse conformado con ello, pero decidió ser una de esas personas que en lugar de coger su parte del estanque buscó un nuevo manantial. Uno de esos emprendedores que en los años 60 empezaron a transformar un país pobre y analfabeto en la sociedad europea en la que vivimos ahora. Y lo ha hecho sin depender del favor del Estado, ni de la fortuna de su padre. Trabajando duro, y aportando valor a millones de personas que han ahorrado miles de millones de euros en ropa. Gracias a Zara, quien antes gastaba 10 en ropa de diseño atractivo y calidad decente puede gastar ahora 5. Y beneficiando a todos sus clientes (y solo a los que deciden voluntariamente ser sus clientes) ha recibido como recompensa su dinero. Y ha aportado tanto valor que ha hecho una fortuna.
Los Sánchez Gordillo de salón se revuelven ferozmente contra Ortega en Twitter porque esto que es constatable desmonta todos sus mitos: no hay que robar a los ricos, no hay que redistribuir una riqueza “injustamente acaparada”. Simplemente, hay que encontrar un nuevo manantial, beneficiar a tus clientes y conseguir que ellos, a cambio, te den voluntariamente parte de su dinero. Una transacción libre y voluntaria entre personas, ni robos ni coacciones miserables en las que una de las partes se degrada admitiendo que nunca será capaz de ganarse la vida por sí mismo.
Y este mismo mecanismo para convertir un país pobre en uno rico es lo que hace falta en el tercer mundo, no más ayudas que después de 40 años solo han servido para enriquecer a unos gobernantes injustos y crear un negocio para que unos cuantos “solidarios” occidentales vivan a costa de estas ayudas. Lo que necesita el tercer mundo es más Amancios Ortegas, más descubridores de manantiales, más creadores de riqueza.
Y ahora puedes hacer algo concreto para ayudarles. Kiva es una organización que te ayuda a prestar dinero a emprendedores del tercer mundo, a los que con solo 25$ puedes ayudarles a dar un buen empujón a su negocio. Y lo mejor es que no les donas dinero, sino que se lo prestas. La donación degrada a quien la recibe porque desnivela la relación. El préstamo es entre iguales, un trato digno entre dos personas. Por supuesto, una vez que recuperas tu dinero puedes retirarlo, o puedes hacer como yo (y muchos otros) y volver a prestarlo una y otra vez, ayudando a otros emprendedores a hacer su sociedad un poquito mejor y más rica. Si tienes curiosidad, aquí puedes ver los 24 emprendedores a los que yo he prestado 25$: http://www.kiva.org/lender/borjaprieto.
Si tú también quieres participar, ahora Kiva te regala 25$ para que hagas tu primer préstamo. Por supuesto, espero que además de esos 25$ pongas algo más de tu parte, pero al menos con esta oportunidad puedes comprobar que el sistema funciona sin arriesgar ni un céntimo. De ti depende: puedes ser un Sánchez Gordillo de salón quejándote por Twitter de lo mal que está el mundo y lo mal que funciona todo, o puedes hacer algo concreto por un emprendedor concreto, ayudarle a crear riqueza para él y para su entorno. Simplemente date de alta y consigue esos 25$ para hacer tu primer préstamo: http://www.kiva.org/invitedby/borjaprieto
fuente
La estrechez de miras eurocéntrica
Me hacen gracia los que critican a Amancio Ortega porque paga una miseria a sus trabajadores marroquíes. Cuando yo recordaba el otro día que España era un país pobre hace no mucho tiempo, me refería a cosas como que mi abuela materna empezara a trabajar de criada en una casa a los 9 años. Una explotación infantil intolerable, pensarán algunos, si no fuera porque en aquélla época, quitar una boca de casa era una bendición y asegurarse el techo y la comida a tan temprana edad una suerte. Y la cosa no había cambiado mucho en los años 50, cuando mis padres empezaron a trabajar con 14 años. Podemos permitirnos el lujo de pensar en explotación infantil porque somos ricos, no porque seamos mejores que los países del tercer mundo en los que los niños de 9 años trabajan.
Y estos son los niños afortunados, los que pueden ir a la escuela. Muchos están en la calle pidiendo unas monedas, una botella de agua o un lápiz. Si no fuera por el estúpido eurocentrismo de los que creen que todo el mundo es como su barrio, sería obvio que una empresa como Zara crea riqueza en Marruecos, allí donde se necesita, porque la alternativa de trabajar 10 horas por 200€ (o lo que sea que paga Zara) es mucho mejor que trabajar 12 horas en el campo por 100€. Si Zara se fuera de Marruecos, esas persona no encontraría mejores condiciones laborales, sino más miseria. En los años 60 los fabricantes de automóviles se instalaban en España no porque les gustase la paella, sino porque podían pagar sueldos de miseria comparados con los que pagaban en Francia o Alemania. Y gracias, entre otras cosas, a los explotadores de la Citroen o la Opel, es como hemos llegado a nuestra riqueza actual.
Así que claro que hay que poner a Amancio Ortega como ejemplo, porque lo es. En los últimos años, cuatro de cada cinco euros que se ha gastado Sánchez Gordillo en Marinaleda han salido de mis impuestos. Y de otros españoles, pero a juzgar por los comentarios muchos parecen estar contentísimos de pagar más de un 50% de impuestos para que en Marinaleda tengan casas por 15€ al mes. Yo no lo estoy, pero la policía me obliga a pagar los impuestos de Marinaleda y todas las decisiones “solidarias” de los que deciden arreglar el mundo metiendo la mano en mi bolsillo y no en el suyo.
Por eso también era relevante hablar de Kiva. Porque los emprendedores de Kiva mejoran su entorno con nuestra ayuda, y porque la donación a Kiva es perfectamente voluntaria. Yo puedo animaros a donar, pero no puedo sacaros la cartera y obligaros a pagar algo que yo creo que es bueno. Y está bien que sea así, lo que es perverso es obligar a otros a pagar por tus convicciones morales.
Solo podemos salir de la crisis si cambiamos el meme sobre los empresarios
Más información aquí
domingo, 11 de marzo de 2012
Pero, ¿cómo pueden ser tan ricos?
Cada vez que la revista Forbes publica su lista de los hombres más ricos del mundo, son muchos quienes se llevan las manos a la cabeza por las milmillonarias fortunas que acumulan unos pocos hombres. ¿Cómo es posible que el dinero esté tan mal distribuido en el mundo? ¿Cómo es posible que unas pocas manos acumulen los recursos que podrían alimentar durante mucho tiempo a tanta gente?
Por ejemplo, si un señor tiene una fortuna de 40.000 millones de euros, es fácil echar cuentas y concluir que 40 millones de personas podrían recibir una asignación de 1.000 euros (o un millón de personas, las más desfavorecidas de un país, una compensación de 40.000 euros). ¡Y estamos hablando de redistribuir la riqueza de una sola persona! ¿Qué sucedería si tomáramos la riqueza de 100 ó 1.000 de estos superricos? Es normal que algunos incluso elucubren con la posibilidad de que, atacando solo algunos de estos patrimonios, pueda ponerse fin a la pobreza en el mundo.
El asunto, por supuesto, dista de ser tan simple. Estamos habituados a imaginarnos a los multimillonarios como personas con una inmensa cantidad de dinero en efectivo: algo así como un Tío Gilito al que le gusta zambullirse entre sus monedas de oro y billetes de banco. Sin embargo, el dinero en efectivo es sólo uno de los muy diversos activos que componen el patrimonio de un multimillonario; y en ocasiones, uno de los activos con una presencia más reducida.
El rico, salvo marginales excepciones, no es la persona que tiene mucho dinero, sino la persona que tiene muchos activos muy valiosos: acciones, bonos, inmuebles, locales comerciales, suelo, empresas no cotizadas, etc. Cuando se dice que un multimillonario posee una riqueza de 40.000 millones de euros, lo que en realidad se está afirmando es que el valor de mercado estimado de todos los activos que comprenden su patrimonio asciende a 40.000 millones de euros.
Pero, y esto es lo fundamental, el valor de mercado de un activo no subsume el valor de todos los bienes presentes que ya ha contribuido a producir, sino el de todos los bienes futuros que se espera que produzca. O dicho de otra manera, quien posee 40.000 millones de euros en activos no dispone de 40.000 millones de euros en bienes de consumo inmediatamente disponibles, sino la más o menos razonable expectativa de que sus propiedades generarán (o contribuirán a generar) en los próximos lustros unos bienes de consumo valorados hoy en 40.000 millones de euros. Verbigracia, si una tierra de labrar se vende por 100.000 euros no es porque vaya acompañada de un almacén adosado que contenga abundantes toneladas de trigo valoradas en 100.000 euros, sino porque se espera que esa tierra sirva a cultivar a lo largo de las próximas décadas una cierta cantidad de trigo cuyo valor presente es 100.000 euros.
Por consiguiente, si un archirrico quiere disponer de parte de su riqueza tendrá dos opciones. La primera y más razonable, si es que el tiempo no le apremia, es la de gastar año a año los rendimientos que percibe por esos activos (los beneficios distribuidos de sus compañías, los dividendos, los intereses, los alquileres, etc.). Conforme el tiempo pasa, los activos van fabricando una pequeña porción de aquellos bienes de consumo futuros que les daban valor en el pasado: y son justamente esos bienes de consumo los que sí pueden disfrutarse sin demasiadas complicaciones (aunque con ciertas limitaciones, pues parte de la renta periódica que proporcione un activo deberá destinarse a reponer, mantener y amortizar ese activo).
La segunda y más radical opción, si es que el tiempo le apremia, pasa por liquidar todo su patrimonio, pero aquí ya comienzan los problemas: el importe que previsiblemente obtendrá de una venta apresurada de una enorme cantidad de activos no será ni mucho menos tan alto que si sólo tuviera que vender una pequeña porción. Al cabo, para colocar a buen precio todos sus activos, será necesario encontrar a suficientes ahorradores que, primero, dispongan de cuantiosos ahorros en efectivo que, segundo, deseen utilizar en la adquisición de esos activos. ¿Sencillo? Ni mucho menos. Para empezar, el canje de efectivo por activos no constituye ni mucho menos una decisión automática: quien tiene efectivo no se encuentra sometido a ningún riesgo y puede gastarlo en cualquier momento ya sea en consumir o en invertir; quien posee un activo, en cambio, tendrá que soportar los riesgos inherentes a la inversión, esperar a que le vaya proporcionando una renta con el paso del tiempo y verse en el brete de tener que liquidarlo si es que necesita hacer frente a un imprevisto.
Pero además, el volumen de ahorros en forma de bienes de consumo intercambiables no es tan abundante como para absorber cualquier oferta de activos. Por ejemplo, el valor de mercado de todas las bolsas en 2011 alcanzó los 45 billones de dólares, mientras que el PIB mundial –el valor de todos los bienes y servicios producidos– se situó en 65 billones. Teniendo en cuenta que alrededor del 70% del PIB consistirán en bienes de consumo (45 billones), el máximo importe que podrían aspirar a consumir los accionistas de empresas cotizadas equivaldría a 45 billones de dólares, y ello bajo el muy restrictivo supuesto que toda la población mundial decidiese no consumir nada durante ese ejercicio y que los propietarios de otros activos (inmuebles, empresas no cotizadas, bonos, etc.) no decidieran liquidarlos al mismo tiempo para adquirir bienes de consumo.
Y precisamente aquí se encuentra la razón de por qué la redistribución de la riqueza de los archimillonarios no serviría en absoluto para erradicar la pobreza en el mundo. Por un lado, porque si lo que queremos es elevar la calidad de vida actual de los más desfavorecidos (esto es, elevar su consumo), ya sabemos que los valiosos activos de los ricos no se pueden comer ni trocar por grandes cantidades en bienes de consumo en el presente. Si, por otro, nuestro objetivo es convertir a los más desfavorecidos en rentistas (propietarios de activos que proporcionen una renta periódica), lo que debemos tener presente es que esos activos monitorizan y son parte integral de todos los procesos productivos de una economía.
Sería una completa ficción el pensar que la productividad de una economía puede mantenerse con independencia de quien controle (y tenga una capacidad de decisión última) las empresas, los inmuebles o las materias primas de esa economía. Alterar políticamente la estructura patrimonial de una sociedad va aparejado a mutar las estructuras financieras y productivas de prácticamente todas las compañías, lo que repercutirá en su capacidad para producir bienes y servicios valiosos.
Por ejemplo, si les arrebatamos el control de Google a Sergei Brin y Larry Page para entregárselo a millones de personas repartidas por todo el mundo, es bastante probable que alguno de los siguientes escenarios (o todos ellos) se materializaran: Google perdería la visión estratégica de sus fundadores que es la que lo ha hecho grande; los accionistas minoritarios se unirían para reclamar una mayor remuneración en perjuicio no ya de la capacidad de la empresa para crecer y seguir generando riqueza, sino incluso de la capacidad de la empresa para reponer su equipo de capital actual; la dirección de Google lo tendría más fácil para no ser fiscalizada por millones de dispersos accionistas y podría asignarse sueldos mucho mayores; y la visión desorientada de la compañía la llevaría a perder cuota de mercado y a sucumbir ante sus mejor gestionados competidores.
Imaginen este devastador proceso pero a escala generalizada. No: ni podemos comernos los activos en el presente ni tampoco redistribuirlos de manera arbitraria sin afectar a la comida disponible en el futuro. Sí: hay algunos individuos que son tremendamente ricos, pero si no han recibido ningún favor gubernamental, lo son en la medida en que han generado muchísimo valor para millones de consumidores. Si lo que queremos es que haya más ricos en una comunidad, lo que necesitamos no es perseguir la acumulación de capital, sino facilitarla tanto como sea posible (reducir impuestos y regulaciones). Recuerde: el que haya muchos ricos no le dificulta a usted la labor de hacerse rico; al contrario, se la facilita enormemente.
El Sr. Rallo es profesor de Economía de la Universidad Rey Juan Carlos, autor de Los errores de la vieja economía. Editor de Economía del programa Es la Noche de César de esRadio. Miembro del panel de Opinión de Libertad Digital. Sígalo en Twitter: @juanrallo
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domingo, 19 de febrero de 2012
Ricos y pobres
Las naciones que abrazaron la Reforma experimentaron un cambio radical a la hora de contemplar la riqueza y la pobreza. Asumieron todas las enseñanzas en contra de la codicia y a favor de ayudar al prójimo, pero rechazaron de plano el pauperismo.
Otra de las consecuencias de que España se quedara en el campo de la Contrarreforma fue que, al igual que naciones como España, Portugal o Italia, adoptó una visión absolutamente dislocada sobre la riqueza y la pobreza. Se trata de una visión nefasta que persiste hasta el día de hoy.
Lo comentaba la semana pasada Pedro de Tena en Es la noche de César. Los siglos de catolicismo habían creado en la sociedad andaluza un sentimiento indudable de aversión a los ricos que, por añadidura, veía con favor a los que decían defender a lo pobres. Como tantas características de la mentalidad católica en España, al final, quien se había aprovechado de ella era el PSOE. Según Pedro de Tena –y no puedo más que darle la razón–, ese pauperismo había creado un caldo de cultivo que favorecía a los socialistas ya que, en teoría, era a los pobres a quienes ellos defendían. Coincido con el análisis de Pedro de Tena en cuanto a las raíces de tan funesta visión, pero, a la vez, me permitiría añadir otras dos nefastas consecuencias de ese pauperismo: la hipocresía y la envidia.
Teóricamente, ser pobre era algo espiritualmente magnífico –continua siendo uno de los tres votos de la vida religiosa y uno de los supuestos consejos de perfección– pero, anunciado por la institución que tenía la mayor acumulación de riquezas de la época (muchas veces por encima de reyes y emperadores) y que, además, disfrutaba de privilegios fiscales sin comparación, no dejaba de resultar, se mire como se mire, un tanto cínico. A decir verdad, como señalaba Zefirelli en el final de su Hermano sol, hermana luna, al final resultaba que la existencia de algunos pobres espirituales constituía la pantalla perfecta para acumular riquezas y, a la vez, evitar que los pobres se marcharan en busca de terrenos espirituales más sustanciosos. Se trataba de una conducta hipócrita también claramente visible en la izquierda cuando clama por los descamisados mientras se llena los bolsillos con el dinero que sale de nuestros impuestos y así verifica que es, en no pocos aspectos, un retrato en negativo de la iglesia católica. Pero la maldición no concluye ahí. Hasta el más tonto de los miserables era consciente de que había gente que vivía en la abundancia y que no parecía sentirse mal y ahí surgió la envidia, una envidia que, supuestamente, tenía legitimación teológica y que llega hasta la actualidad. En no escasa medida, sectores nada pequeños de nuestra sociedad se desgarran mental y espiritualmente entre los gritos de que los pobres son la sal de la tierra, la codicia que sienten - y que desearían satisfacer – y la envidia hacia aquellos que tienen un buen pasar y que, solo por eso, tienen que ser malos.
Vaya por delante, que semejante visión nada tiene que ver con la Biblia y no pasa de ser una lectura perversa de los textos sagrados más influida por cínicos como Diógenes que por los profetas de Israel o Jesús. Es cierto que la Biblia previene contra el amor al dinero y que señala que no se puede servir a las riquezas como si fueran Dios porque esa conducta es equivalente a la idolatría. Igualmente, la codicia aparece condenada en el Decálogo y se enseña que hay que utilizar los bienes propios para socorrer a los necesitados. Con todo, hasta ahí llegan sus advertencias. Ir más allá es corromper su mensaje y abocar a una sociedad al punto donde, por desgracia, nos encontramos. Cualquiera que haya leído la Biblia, sabe que ésta enseña que Abraham, el "amigo de Dios" era "riquísimo en ganado, plata y oro" (Génesis 13: 2). Esa riqueza no era una desgracia que pusiera en peligro su relación con el Altísimo porque Abimelec pudo afirmar aquello "y YHVH ha bendecido mucho a mi señor, y él se ha engrandecido; y le ha dado ovejas y vacas, plata y oro, siervos y siervas, camellos y asnos" (Génesis 24: 35).
Lo sucedido con Abraham no constituía una excepción. A decir verdad, la prosperidad económica era una de las bendiciones prometidas por Dios al pueblo de Israel en el caso de que fuera fiel a la Torah. De hecho, ésta afirma: "Te acordarás de YHVH tu Dios; porque Él te da la fuerza para ganar riquezas a fin de confirmar su pacto que juró a tus padres, como en este día" (Deut 8: 18).
Son sólo botones de muestra dentro de un grupo innumerable de ejemplos. ¿Acaso no dice I Reyes 10: 23 que el rey Salomón "sobrepasaba a todos los reyes de la tierra tanto en riquezas como en sabiduría"? ¿No señala cómo Dios recompensó a Job por su fidelidad en medio de las más terribles pruebas multiplicando sus riquezas (Job 42: 10-17)? ¿No afirma tajantemente el libro bíblico de los Proverbios que "riquezas y honra y vida son la remuneración de la humildad y del temor de YHVH" (Proverbios 22. 4)?
Precisamente por eso, las naciones que abrazaron la Reforma experimentaron un cambio radical a la hora de contemplar la riqueza y la pobreza. Por supuesto, asumieron todas las enseñanzas en contra de la codicia y a favor de ayudar al prójimo, pero rechazaron de plano el pauperismo, la alabanza de la pobreza o el resentimiento hacia los que habían triunfado en la vida. No se me ocurriría cuestionar que la envidia o el rencor puedan existir en naciones como Gran Bretaña, Estados Unidos, Holanda, pero la mentalidad general es muy diferente, entre otras razones, porque no tuvieron una iglesia única y oficial que podía, a la vez, acumular riquezas extraordinarias, por un lado, y acuñar insensateces como la denominada "opción preferencial por los pobres", por otro. Tampoco consideraron que la pobreza fuera una bendición que acercaba más al Altísimo – si es así, desde luego, habría que preguntarse porque hay que abandonarla - sino más bien una situación de la que había que salir cuanto antes. No deja de ser significativo que mientras la Europa de la Contrarreforma mantenía la sopa de los conventos con una visión asistencial, la Europa de la Reforma comenzó a crear talleres para que trabajaran los pobres porque recordaba la enseñanza paulina de que "el que no quiera trabajar que tampoco coma" (II Tesalonicenses 3: 10). Quizá por eso, a sus legisladores siempre les ha preocupado más que la gente pudiera encontrar trabajo que el que tuvieran cobertura de desempleo…
En esas naciones reformadas –cuya manifestación más cuajada son los Estados Unidos-, el hecho de ansiar salir de la pobreza, de saber abrirse camino en la vida, de trabajar con empeño, de crear una empresa, de ganar dinero con ella –incluso mucho dinero– se ha visto durante siglos como una trayectoria digna y admirable. Es más, resulta incomprensible que alguien piense en tomarse un descanso laboral aprovechando que cobra el seguro de desempleo o que no esté buscando trabajo inmediatamente en lugar de las posibles ayudas sociales. España, por el contrario, se ha ido configurando, siglo a siglo, como una sociedad herida por la envidia, en la que todavía hacer demagogia con la pobreza rinde réditos electorales y donde los que han tenido o tienen grandes riquezas -tanto los progres como la iglesia católica– no pocas veces predican la solidaridad con el prójimo a la vez que protegen sus patrimonios nada desdeñables en SICAVs, algo, dicho sea de paso, bastante lógico tal y como está el panorama fiscal. Y seamos ecuánimes, tanto los unos como la otra han intentado e intentan también remediar pesares del prójimo aunque para ello recurran al dinero de los contribuyentes o al de sus fieles.
Si España –y no sólo España– desea cambiar, debe cambiar también esa mentalidad pauperista que, al fin y a la postre, sólo genera codicia, hipocresía y envidia porque la inmensa mayoría de los que la propugnan no se caracterizan precisamente por abandonar todo sino más bien por lo contrario. Sin embargo, para que se produzca ese necesario – verdaderamente indispensable - cambio de mentalidad también deben operarse otros a los que seguiré refiriéndome en próximos capítulos.
"Nadie se acordaría del buen samaritano si, junto con las buenas intenciones, no hubiera tenido dinero." Margaret Thatcher.
"El espíritu mercantil y el afán de lucro han hecho más bien para muchísima más gente pobre que toda la ayuda humanitaria y todos los créditos blandos concedidos por todos los gobiernos y todas las ONG del mundo juntas." Paul Krugman.
Fuente
Reflexión : Sobre el dinero y la felicidad
lunes, 9 de enero de 2012
jueves, 7 de abril de 2011
Libro:Cuatro décadas que cambiaron nuestro planeta ( Tema la pobreza)
Un ejemplo claro de como la pobreza se debe a los Estados y sus políticos intervencionistas:
Hace seis años Guinea Ecuatorial era uno de los países más pobres del mundo. La gran mayoría de sus 500.000 habitantes vivía en la extrema pobreza, con menos de un euro al día, sin electricidad ni agua corriente. La esperanza de vida no llegaba a los 50 años. Hoy siguen viviendo en las mismas condiciones miserables de entonces, con menos de un euro al día y con la misma esperanza de vida, pero Guinea Ecuatorial es ahora el segundo país más rico del mundo. A finales de los 90 se descubrieron riquísimos yacimientos petrolíferos y la economía es hoy 20 veces más potente que hace diez años. Este pequeño país produce unos 300.000 barriles diarios de petróleo. Una producción per capita similar a la de Kuwait. El sátrapa Obiang, tan bien recibido cuando viene a España, y sus allegados más próximos son los únicos que han sacado provecho de tan extraordinaria riqueza. Así de terrible y paradójica es la realidad de esta antigua colonia española. Su PIB per cápita es superior al de Alemania, Dinamarca, EE.UU. o Noruega. Sólo Luxemburgo lo supera. Y sin embargo los ecuatoguineanos viven en una miseria atroz.
Libro:
domingo, 27 de marzo de 2011
jueves, 3 de marzo de 2011
La crisis y la pobreza
Gabriela Calderón es editora de ElCato.org, investigadora del Cato Institute y columnista de El Universo (Ecuador).
Guayaquil, Ecuador— Hace dos años escribí un artículo acerca del libro Cuatro décadas que cambiaron nuestro planeta de Johan Norberg1, en el cual el autor nos recordaba el progreso humano que el mundo había experimentado entre 1960 y 2005. En diciembre de 2008 —cuando la crisis financiera mundial estaba en todo su apogeo— una minoría sostenía que la globalización había logrado una prosperidad sin precedentes en la historia de la humanidad. Muchos, como el Premio Nobel Joseph Stiglitz, decían que “La crisis de Wall Street es para el mercado lo que la caída del muro de Berlín fue para el comunismo”.2
De ser cierto ese fatalismo, las conclusiones optimistas del libro que Norberg escribió a mediados de 2008 (con datos de 2005) deberían haber sido desmentidas con datos más actuales, en los que veríamos un mundo más pobre o con una reducción de pobreza más lenta. Pero eso no es lo que encontramos en el estudio de Laurence Chandy y Geoffrey Gertz, publicado en enero por la Brookings Institution.3
Chandy y Gertz dicen: “Calculamos que entre 2005 y 2010, el número total de personas pobres alrededor del mundo cayó en alrededor de 500 millones de personas, de más de 1.300 millones en 2005 a menos de 900 millones en 2010”.
Luego concluyen: “Una reducción de pobreza de esta magnitud no tiene parangón en la historia: nunca antes tanta gente ha dejado la pobreza a lo largo de un periodo tan breve”. Eso dicen de un periodo de seis años que incluye la crisis de los alimentos (2008) y el supuesto “colapso del capitalismo” (2008-2009).
El economista Jeffrey Sachs se lamentaba en septiembre de 2010 que como los países desarrollados no cumplían con sus promesas de aumentar la ayuda externa, no se iban a poder cumplir los Objetivos de desarrollo del Milenio de la ONU para 2015, principalmente aquel de reducir a la mitad la pobreza entre 1990 y 2015.4 No obstante, los datos actualizados de Chandy y Gertz indican que esa meta se cumplió en 2008, dos años antes de que Sachs culpara a los países ricos de un potencial fracaso. Además, las proyecciones indican que para 2015 el mundo habrá reducido a la mitad la pobreza nuevamente (de 20,8% de la población mundial en 2008 a alrededor de 10%).
Ni la crisis de alimentos de 2008 ni la crisis financiera mundial han podido borrar el impresionante progreso de la última década. El Banco Mundial concluyó que unos 64 millones adicionales de personas seguirán en la pobreza debido a la crisis. No obstante, compare eso con los casi 500 millones que salieron de esa situación y el saldo de la década sigue siendo muy positivo. Y no se puede negar que eso ha coincidido con la creciente liberalización de las economías, particularmente de dos gigantes donde se ha concentrado la reducción de pobreza: China e India.
Durante mucho tiempo se debatió si para reducir la pobreza había que enfocarse en el crecimiento o en las políticas de redistribución del ingreso. Pero los autores concluyen que hoy, afortunadamente, hay un amplio consenso de que el crecimiento económico debe ser el objetivo central de una política para reducir la pobreza.
Este artículo fue publicado originalmente en El Universo (Ecuador) el 3 de marzo de 2011.
Referencias:
1. Norberg, Johan. Cuatro décadas que cambiaron nuestro planeta. ElCato.org. Diciembre de 2008.
2. Entrevista a Joseph Stiglitz. “La crisis de Wall Street es para el mercado lo que la caída del Muro de Berlín fue para el comunismo”. El País. 21 de septiembre de 2008.
3. Chandy, Laurence y Gertz, Geoffrey. “Poverty in Numbers: The Changing State of Global Poverty from 2005 to 2015”. Brookings Institution. Enero de 2011.
4. Sachs, Jeffrey. “Pool Resources and Reinvent Global Aid”. Financial Times. 20 de septiembre de 2010.
sábado, 12 de febrero de 2011
La maravilla del capitalismo desde 1810-2010
Es sorprendente y escandaloso, se suele afirmar, que ya dentro del siglo XXI una gran parte de la población mundial viva en condiciones de pobreza, es decir, que muchos seres humanos no tengan acceso a los bienes básicos que aseguren su subsistencia: alimentos, vestidos y vivienda. Aunque existen diferentes criterios, siempre relativos, a la hora de definir la pobreza, las cifras que se suelen manejar son realmente demoledoras.
El último informe del Banco Mundial calcula que casi 1.200 millones de personas viven actualmente con una renta máxima de un dólar diario, lo que supone que cerca de la cuarta parte de la humanidad se encuentra en una situación de extrema pobreza, sin poder cubrir siquiera sus necesidades nutritivas. El mismo informe estima que, si pobreza es "tener hambre, carecer de cobijo y ropa, estar enfermo y no ser atendido, y ser iletrado y no recibir formación", el 46 por ciento de la población mundial padecería estas condiciones ya que 2.800 millones de personas viven con menos de dos dólares diarios. Dos recientes estudios, el informe anual de la FAO y otro elaborado por la ONG Acción contra el Hambre, calculan que unos 800 millones de personas sufren desnutrición, lo que representaría el 13 por ciento de la población mundial.
En cualquier caso, las cifras son sin duda escandalosas, pero no deberían producir sorpresa si se analizan desde otro punto de vista. Se tendría que abandonar la posición en que nos encontramos los habitantes de los países ricos y contemplar, a vista de pájaro, la historia del hombre por alcanzar una renta suficiente que le asegure no morir de hambre o de frío. Entonces lo sorprendente, o al menos lo excepcional y novedoso, es que la mayoría de la población mundial lo haya conseguido en una plazo de tiempo relativamente corto.
En efecto, desde que el hombre apareció en su forma actual, hará medio millón de años, prácticamente todo su esfuerzo y su tiempo lo ha dedicado a procurarse alimentos, vestidos y un refugio donde vivir, y sólo muy recientemente, hace apenas cien o doscientos años, y en pocos países al principio, una parte de la población empezó a salir al fin de la extrema pobreza y miseria en la que el hombre ha vivido durante 5.000 siglos.
La novedad no es por tanto que exista ahora pobreza -que todavía perdure, habría que decir mejor-, sino que la mayoría de los habitantes del planeta dediquen hoy una parte de sus ingresos a alimentarse, a vestirse y a tener acceso a una vivienda digna, y que puedan luego disponer de unos recursos restantes para gastar en bienes y servicios de uso exclusivamente humanos, como ocio, cultura o viajes. Excluyendo a una minoría insignificante de privilegiados que siempre ha existido, la gran conquista de la historia económica del hombre es que la riqueza así entendida haya alcanzado en muy poco tiempo a la mayoría de la población mundial.
En este largo recorrido se han producido dos acontecimientos decisivos. El primero fue la Revolución del Neolítico, cuando hace unos 10.000 años el hombre aprendió a cultivar la tierra y a domesticar los animales, pasando de ser recolector y cazador a agricultor y ganadero. Se dio entonces un paso gigantesco hacia el objetivo de producir los alimentos y los otros bienes que aseguraran la subsistencia. La productividad del trabajo de las nuevas sociedades agrarias creció espectacularmente, se crearon las primeras concentraciones urbanas y la población mundial aumentó significativamente.
Pero, a pesar de este avance, el conjunto de la sociedad, salvo contadísimas excepciones, siguió viviendo por debajo del nivel de subsistencia. El indicador que mejor resume esta situación es la escasa esperanza de vida que el hombre ha padecido durante el 98 por ciento de su historia. Carlo M. Cipolla asegura que en todas las sociedades agrícolas que han existido durante los últimos 12.000 o 10.000 años, los índices de mortalidad llegaban en ocasiones al 300 e incluso al 500 por mil y estos períodos no solían coincidir con guerras, sino con epidemias y plagas. En tiempos normales, de cada 1.000 niños nacidos, solían morir de 200 a 400 antes de transcurrido un año y otros muchos fallecían antes de los siete años. La esperanza de vida al nacer presentaba un promedio de entre 20 y 35 años, y pocos de los que llegaban a cumplir los cinco años tenían muchas probabilidades de sobrepasar los 50. Sólo gracias a que las tasas de natalidad eran también elevadísimas, la población mundial pudo pasar de los cinco o diez millones de habitantes que había en vísperas de la revolución agrícola, a los 700 millones estimados de 1750, cuando comienza la industrialización.
Esta miseria crónica de la humanidad empieza a desaparecer con la llegada del segundo gran acontecimiento de la historia económica del hombre, la Revolución Industrial. La libertad de comercio, de inversión y de contratación, el capitalismo, en una palabra, ha creado en dos siglos muchísima más riqueza que en todo el resto de la historia humana y esta riqueza ha alcanzado a la mayoría de la población mundial. Si a principios del siglo XIX había unos 100 millones de personas que vivían dignamente (el 10 por ciento de la población mundial, que ya es mucho suponer), actualmente entre 3.000 y 4.000 millones tienen cubiertas todas sus necesidades básicas.
Es más, el plazo de tiempo en que una determinada sociedad o nación ha conseguido pasar de la extrema pobreza a disfrutar de una renta suficiente suele ser mucho más reducido que los dos siglos de historia total del capitalismo. La famosa hambruna que Irlanda sufrió en el siglo XIX redujo su población casi la mitad y hace cincuenta años era todavía tan pobre como hoy es un país africano, pero tiene ahora una renta per capita superior a la de Alemania. España era hasta los años sesenta una sociedad más agraria que industrial en razón de la población ocupada en estos sectores, y la gran mayoría de sus habitantes gastaba toda su renta en alimentación, vestidos y vivienda, lo que quiere decir que estaban cerca o no llegaban al límite de la subsistencia. Hoy en día, dedican a estas partidas apenas el 50 por ciento de sus recursos (el 21 por ciento a la alimentación, según la Encuesta de Presupuesto Familiar del INE) y, cubiertas estas necesidades ineludibles, son libres a la hora de gastar el resto.
En este sentido, la economía de mercado ha sido la única capaz de liberar al hombre de la esclavitud que representa la lucha permanente por la supervivencia, una situación que se produce todavía en muchas zonas del planeta, pero que, y esto es lo que se suele olvidar, estaba totalmente extendida hace 200 años. El camino hacia la libertad tiene seguramente un recorrido infinito, pero no existe ninguna duda de que el primer paso es liberarse de la miseria, ya que el mayor sometimiento es el que imponen las necesidades materiales más primarias.
Desde este punto de vista, es sorprendente que el sistema económico que esto ha conseguido haya sido el más atacado durante los últimos cien años. Según opinión, muy compartida, de Norberto Bobbio, el carácter distintivo de la izquierda es el igualitarismo y la mejora de las clases más desfavorecidas, y se da por supuesto que la libertad económica es la principal traba para alcanzar estos loables objetivos. Por ello, toda ideología izquierdista tiene un hondo sentimiento anticapitalista y se mueve entre un disimulado recelo por la libre competencia y un radical rechazo de este sistema. Después del estrepitoso fracaso del socialismo real, la izquierda sigue afirmando que el marxismo es una buena teoría que ha sido mal aplicada y se niega a reconocer que el grado de miseria y de muerte conseguido por los enemigos de la libertad económica es la inevitable consecuencia de su propia aberración teórica. En realidad, lo que mejor confirma la preocupación de los marxistas por la pobreza es que nadie ha conseguido aumentarla tanto como ellos.
Su primer dogma fue que el desarrollo capitalista traería un inevitable empobrecimiento de los trabajadores, es decir, haría más ricos a los ricos y "todavía" más pobres a los pobres, pero cuando la realidad ha terminando refutando esta predicción, se insiste en nuevos disparates que todavía siguen teniendo gran aceptación. Se asegura que el crecimiento económico capitalista conlleva un aumento de las desigualdades entre las rentas dentro de un país, y cuando también los hechos desmienten esta afirmación, se incide en que la pobreza del Tercer Mundo es consecuencia de la riqueza que disfrutan otros países. Como los despropósitos suelen ir encadenados, el más reciente, que a buen seguro no será el último, es que la llamada globalización favorece a los países desarrollados y perjudica a los pobres.
Vayamos por partes. Si fuera verdad, como la izquierda afirma desde hace siglo y medio, que las diferencias aumentan a la par que el desarrollo económico, la brecha tendría que ser ahora abismal, casi infinita, algo que no confirma la visión más superficial. La realidad es precisamente la contraria y otra observación de sentido común bastaría para demostrarlo. En cualquier época anterior, en el siglo XVII o en la Edad Media, por ejemplo, sí que había una diferencia infinita entre las rentas patrimoniales, casi nunca de trabajo, que disfrutaban unos pocos y los ingresos "negativos" del resto, que no alcanzaban ni siquiera el nivel de subsistencia. Era en realidad la diferencia entre la vida opulenta y la condena a muerte.
No serían necesarios análisis más profundos para confirmar esta obviedad, pero existen numerosos estudios. Se trata de saber si el desarrollo económico mejora la distribución de las rentas personales, si se produce, dicho con otras palabras, una convergencia real dentro de un determinado país, o si, por el contrario, la desigualdad es mayor aunque los pobres lo sean cada vez menos, ya que los ricos mejoran su situación en mucha mayor proporción y rapidez.
A la hora de abordar este tema es necesario aclarar algunas cuestiones metodológicas que suelen desvirtuar las conclusiones, tanto si se analizan las desigualdades individuales dentro de un país, como si se hace entre regiones o países. La primera es que los estudios comparan las rentas personales, la renta per capita, que los individuos obtienen en un año determinado, y se analizan posteriormente las tendencias. El análisis sería mucho más preciso si se comparara la distribución de las rentas que reciben los individuos a lo largo de toda su vida o, al menos, las ganancias acumuladas cuando cumplen edades similares.
Tal vez, la aplicación de este método no modificaría mucho lo que hoy sabemos sobre cómo se distribuía la riqueza en las sociedades precapitalistas, donde los ricos nacían ricos y los pobres estaban condenados de por vida, transmitiéndose además estas inmutables condiciones en sucesivas generaciones. Pero la economía de mercado genera una gran movilidad social y muchos de los que un año constituyen el segmento de población que una estadística reconoce como pobres (inmigrantes recientes, parados de larga duración, jóvenes, etc.), dejarán de serlo años después.
Otra cuestión metodológica que ensombrece algunos análisis relativos a las desigualdades entre países o regiones del mundo es que, como en el citado estudio del Banco Mundial, las rentas se calculen en dólares constantes y no en paridad de poder adquisitivo (PPA), que expresa mejor el nivel de vida real. No existirían entonces las distorsiones que acarrean los tipos de cambio de las diferentes monedas y, sobre todo, el nivel de precios de los bienes y servicios. Sin hacer esta corrección, una persona que gana cuatro dólares al día (unos 1.500 dólares de renta anual) no es considerada pobre por el Banco Mundial, y tal vez no lo sea en Nicaragua o en Sierra Leona, pero seguro que lo es en EE UU, donde la renta per capita media es superior a 30.000 dólares. Este criterio puede producir también distorsiones en sentido contrario.
El ejemplo más claro de que el concepto de pobreza puede ser muy relativo lo ofrece la definición que sobre él hacen algunos estudios, como el patrocinado por Cáritas. Se define la pobreza como una situación en la que la renta obtenida no supera la mitad de la renta media nacional, llegándose entonces a la disparatada conclusión de que en España hay unos 8,5 millones de pobres, ya que es ésta la cantidad de personas que ganan menos de 1,2 millones de pesetas al año, sin tener en cuenta sus condiciones personales o familiares. Pero el mayor dislate de este tipo de estudios es que si, por ejemplo, la renta real (poder adquisitivo) de todos los habitantes crece por igual, supongamos que de forma significativa, no habiendo por tanto cambios en la distribución de la riqueza, seguirá habiendo el mismo número de pobres, pues el listón de referencia, la renta media, se mantendrá igual de alejada para el segmento más desfavorecido.
También las conclusiones pueden quedar empañadas si sólo se utilizan criterios puramente económicos, la renta per capita fundamentalmente, sin tener una visión multidimensional del desarrollo. El premio Nobel Amartya Sen no sólo denuncia esta limitación, sino que demuestra que otras dimensiones, como la libertad, la democracia o la educación, pueden ser causas, más que efectos, de la mejora económica. Además de su famosa constatación de que en ningún país libre y democrático se ha producido una hambruna, sus tesis permiten comprobar que, por ejemplo, Sri Lanka, con la mitad de renta per capita que Brasil, tiene una tasa de alfabetización más alta que éste y, como una mayor educación reduce la expansión demográfica, la economía del país asiático mejora más rápidamente y supera a Brasil en esperanza de vida y en mortalidad infantil.
Otra dificultad es no disponer de una información estadística con series históricas suficientemente dilatadas y homogéneas para constatar que efectivamente se produce una convergencia de las rentas internas a la par que el desarrollo. Es éste un tema clave, ya que en periodos más cortos se pueden producir divergencias de rentas que suelen coincidir con fases recesivas. Existe polémica sobre si en una primera etapa del desarrollo capitalista se abrió el abanico de ingresos, y si esto sucede también en sectores nuevos con una fuerte y rápida expansión, como el que ahora vive el de las nuevas tecnologías. Pero ya pocos economistas ponen en duda que a largo plazo el desarrollo capitalista conlleva una disminución de las desigualdades.
Otro premio Nobel, Robert Lucas, ha dibujado un escenario histórico del capitalismo cuyos grandes trazos son los siguientes: en un primer momento, los pocos países que iniciaron la revolución industrial crecieron muy rápidamente y las desigualdades aumentaron; posteriormente, a medida que más países se integraron en el grupo de cabeza, el crecimiento se ralentizó y se empezó a producir una cierta convergencia, tanto interna como entre las naciones; por último, la economía global de las regiones desarrolladas ha vuelto a acelerarse, mientras la convergencia ha avanzado en sus dos vertientes. Para zanjar este tema, bastará con citar un exhaustivo informe realizado por UNCTAD sobre Comercio y Desarrollo que, en el capítulo titulado Desigualdad de ingresos y desarrollo, analiza 108 países y establece una relación inversa entre ambas variables, es decir, a más desarrollo menos desigualdad, confirmando que África y América Latina padecen las mayores diferencias de ingresos.
Pero si ya apenas se discute que el desarrollo capitalista conlleva una distribución más justa de los recursos individuales en el interior de los países, y menos aún se pone en duda que la libertad económica ha supuesto una espectacular mejora del nivel de vida de los trabajadores, lo que sí sigue teniendo una gran aceptación, y muchos lo asumen como un dogma de fe incuestionable, es que las desigualdades internacionales crecen porque la espectacular expansión económica de unos países supone el creciente subdesarrollo de otros. O sea, que unos se enriquecen porque otros se empobrecen. Esta falacia ha resurgido recientemente con más fuerza a propósito de la llamada globalización. Sus enemigos sostienen que este fenómeno favorece únicamente a los países capitalistas desarrollados y perjudica a los más pobres o, lo que es lo mismo, que aumenta la pobreza y consecuentemente la desigualdad. Parece como si los desvaríos izquierdistas tuvieran que reproducirse necesariamente en cadena: cuando la evidencia empírica acaba con uno, nace inmediatamente el siguiente.
Los que establecen una relación causa-efecto entre el aumento de la riqueza de unos países y la mayor pobreza de otros suelen arrastrar dos falacias anteriores, una teórica y otra histórica. La primera es considerar que la riqueza generada por la actividad económica es una cantidad fija, una tarta, que se reparte entre los agentes que en ella intervienen con resultado cero, es decir, que lo que unos ganan es igual a lo que otros pierden, o que unos se quedan con los trozos pequeños de la tarta porque otros han cogido los más grandes. El beneficio del empresario sería la suma de las plusvalías que extrae a sus obreros, la ganancia del comerciante procedería del precio abusivo que pagan los consumidores y, en definitiva, unos se enriquecerían porque otros se empobrecen. Muy al contrario, en todos los sistemas, y en el capitalismo más que en ningún otro, los factores de producción (capital y trabajo) y los rendimientos de ambos no son fijos ni estáticos, sino que se van creando y multiplicando gracias a la capacidad humana de descubrir permanentemente nuevos medios para generar riqueza. Por ello, la confluencia de dos o más agentes en cualquier operación (productiva, comercial, financiera o laboral) tiene normalmente resultados beneficiosos para todos los que en ella intervienen, y más riqueza se generará cuanta más competencia y libertad exista.
La segunda falacia es suponer que la división actual entre países ricos y pobres arranca o es heredera de la explotación colonialista que finalizó en los años sesenta o setenta, y que perdura bajo otras formas de explotación económica. Resulta sorprendente que, a pesar de los numerosos y concluyentes estudios que refutan el pretendido intercambio económico "desigual" de los países colonizados hacia sus metrópolis, se siga insistiendo en este error. Casi todos los estudios concluyen que la realidad ha sido precisamente la contraria: han sido los países imperialistas los perjudicados, mientras que las colonias se han visto económicamente favorecidas por su relación con las metrópolis.
Rondo Cameron asegura que las razones del imperialismo económico son variadas y complejas, pero califica de falacias las esgrimidas por los marxistas que siguen tan en boga y que se centran en que las potencias recurrieron al imperialismo para invertir su capital excedente, vender su exceso de producción y esquilmar las materias primas, lo que condujo a un empobrecimiento de las colonias y al enriquecimiento de las metrópolis. Los análisis empíricos demuestran lo contrario.
El atraso crónico de España se ha debido en gran parte a la intervención monopolista de la Corona que limitó el libre comercio de ultramar y nuestro país sólo es capaz de iniciar una relativa expansión industrial cuando se desprende de sus posesiones en el XIX. Y precisamente la colonia que más tiempo estuvo sometida, Cuba, llegó a tener una renta per capita muy superior a la de la metrópolis. Cuando en 1959 comienza la revolución, la renta per capita cubana era el doble que la española y hoy es de 1.540 dólares, menos de la décima parte que la nuestra.
Las consecuencias económicas para Portugal de su imperio han sido igualmente nefastas, y este país ha tenido su mayor expansión a partir de mediados de los setenta, cuando se independizan sus colonias. Holanda inicia un espectacular desarrollo comercial cuando es colonia española y se retrasa económicamente al convertirse en el siglo XVIII en potencia colonial. En Inglaterra comienza la revolución industrial cuando precisamente se desprende de su colonia más rica, los Estados Unidos. Pero los casos mejor estudiados son lógicamente los acaecidos en la segunda mitad del siglo XX y muy especialmente los de Alemania, Italia y Japón, los países perdedores de la II Guerra Mundial y los más devastados por tanto, que consiguen a pesar de ello una recuperación económica mucho más intensa que los vencedores, Francia y el Reino Unido, gracias precisamente a que pierden sus colonias. El atraso relativo de Francia en los años cincuenta se explica igualmente por el lastre que le supuso mantener las colonias de Indochina y Argelia.
Centrados ya en las fuertes desigualdades que existen entre una regiones y otras del planeta, es necesario desmontar otra falsa opinión. No es cierto, como se suele decir, que las regiones más pobres hayan empeorado sus condiciones absolutas, aunque sí su pobreza relativa con relación al desarrollo medio mundial. Sin embargo, es verdad que en periodos coyunturales la situación económica de algunas zonas puede llegar a empeorar, como ha sucedido durante la década pasada en el Africa subsahariana y en Latinoamérica. Según el informe del Banco Mundial, durante los años noventa, que fueron especialmente negativos para estas regiones, el porcentaje de habitantes que viven en condiciones de extrema pobreza se ha mantenido prácticamente invariable, mientras que su número ha crecido pero en menor proporción a como lo ha hecho la población. Donde sí se ha producido un terrorífico retroceso es en la Europa del Este, donde la población que vive en condiciones de extrema pobreza ha pasado de 1,1 millones en 1987 a 24 en 1998.
Ahora bien, si contemplamos periodos más largos, se puede apreciar una cierta mejora de las condiciones de vida, aunque insignificante en comparación a cómo se han desarrollado los países industrializados. En las zonas más empobrecidas de Africa la tasa de mortalidad infantil es en la actualidad de 150 por 1.000 nacimientos y la esperanza de vida se sitúa en 53 años, 25 menos que en las naciones opulentas pero el doble de la que existía en Europa hace 200 años. Este avance es real a lo largo de todo el siglo XX, pero posiblemente algo engañoso si contemplamos las últimas décadas, ya que la mejora se ha centrado sobre todo en la sanidad y, consecuentemente, en el aumento de la población, pero poco o nada en la renta disponible. De hecho, el informe del Banco Mundial asegura que en el Africa subsahariana el consumo por habitante ha caído un 1 por ciento anual durante las dos últimas décadas.
En América Latina la mejora económica durante el siglo XX es más clara a pesar de numerosos altibajos. Según un reciente estudio realizado por la revista Time, que tiene el valor de calcular la renta en paridad de poder adquisitivo, a principios de siglo la renta media de toda Latinoamérica era aproximadamente el 15 por ciento de la de Estados Unidos y hoy representa el 18 por ciento. El atraso es todavía brutal y la convergencia ha sido mínima, pero teniendo presente el espectacular desarrollo norteamericano durante todo el siglo, posiblemente el más intenso del planeta, la mejora es evidente.
A grandes trazos, la historia económica del planeta durante los dos últimos siglos es que el capitalismo, y la consecuente eliminación de la pobreza hasta entonces crónica de la humanidad, comienza su andadura en la segunda mitad del siglo XVIII en Inglaterra gracias a la Revolución Industrial, y se va extendiendo rápidamente a los países del Norte, tanto los europeos como los americanos, durante el siguiente siglo. Los países europeos del Sur se suben mucho más tarde al tren de la industrialización; unos, como Italia, en la posguerra, y otros, como España y Portugal, ya en los años sesenta y setenta. Irlanda es un caso atípico de un país septentrional que consigue una tardía, aunque espectacular, expansión. Y también recientemente varios países asiáticos están alcanzando rentas por habitante cercanas a las de los países desarrollados, como Taiwan, Singapur, Malasia y Corea del Sur. Este último país era hace 30 años más pobre que Marruecos y hoy tiene una renta diez veces superior a la de esta nación norteafricana, y un nivel similar a Portugal.
El resto de las regiones del mundo se mantienen, por el contrario, con economías agrarias y con niveles de vida cercanos a la mera subsistencia, es decir, sólo algo mejor de como vivían todos los habitantes de la Tierra hace 200 o 300 años. Como muy gráficamente lo ha expresado Gabriel Tortella, "lo que ha ocurrido en el mundo durante los dos últimos siglos es algo parecido a una carrera donde unos corren mucho y otros muy poco". Por ello, la ventaja del grupo de cabeza sobre el resto es cada vez mayor, lo que en términos económicos se traduce en una creciente desigualdad.
Paul Bairoch ha calculado la diferencia de rentas per capita a mediados del siglo XVIII y estima que la de Europa occidental era sólo un 30 por ciento superior a la de la China y la India, la misma desigualdad que existe ahora entre España y Bélgica. En un artículo publicado a principios del año pasado en el Financial Times, Martín Wolf asegura que, al comenzar el siglo XIX, la diferencia entre los países más ricos y más pobres del mundo era ya de tres a uno; en 1900, de diez a uno y, en la actualidad, la desigualdad de rentas llega a ser de 60 a uno. La renta per capita media de todo el planeta es ahora de unos 6.000 dólares medida en PPA, pero la abismal brecha aparece al comprobar que el país más rico disfruta de unos ingresos de 29.000 dólares por persona, mientras los habitantes del más pobre viven con 500. La desigualdad sería algo menor si la comparación se estableciera entre la región formada por los países más desarrollados y las zonas más empobrecidas, pero las diferencias de rentas serían también escandalosas y, lo que es más importante, crecientes.
La izquierda mesiánica asegura que la tremenda desigualdad económica entre regiones del planeta se debe a la explotación económica que los países ricos ejercen o han ejercido sobre los pobres. Pero esta supuesta teoría de la explotación cae con sólo aplicar el sentido común: los países más pobres no pueden ser explotados porque sencillamente se mantienen al margen de las relaciones económicas internacionales, y los que han establecido algún lazo, ya sea comercial o por entradas de capitales, se globalizan, en suma, mejoran. Es más, la situación de las antiguas colonias ha empeorado desde que dejaron de ser "explotadas" por las llamadas potencias imperialistas.
La explosión demográfica en el África subsahariana ha supuesto que su población pasará de representar el 7 por ciento de la mundial en 1960 a más del 10 por ciento en la actualidad, y, a pesar de ello, el PIB de esta región es ahora el 1 por ciento de la economía mundial, la mitad que en 1960; el comercio exterior sólo representa el 1 por ciento, cuatro veces menos que hace 30 años, y las inversiones extranjeras se han reducido a la mitad. El resultado de todo ello es que la divergencia de África con los países desarrollados ha crecido fuertemente desde 1960, mientras que la de América Latina se ha estabilizado. El rosario de guerras interminables que desde los años sesenta asolan el continente africano, iniciadas muchas de ellas a raíz de la intervención "salvadora" de los países socialistas, no es ajeno a este deterioro económico.
Ahora bien, si la supuesta explotación internacional no explica la desigualdad, sino que más bien ha producido, una vez más, el efecto contrario de lo que supone la izquierda, la pregunta es obligada: ¿por qué ha crecido tanto la desigualdad? La contestación resultará menos complicada si la pregunta se formula de otra manera: ¿por qué unos países han corrido tanto en la carrera del desarrollo y otros tan poco o prácticamente nada?
Los historiadores económicos coinciden en señalar los requisitos necesarios para que un país inicie y avance por la senda del bienestar. Pero no se ponen de acuerdo a la hora de establecer el orden de los factores que son más determinantes para salir de la pobreza crónica. Unos destacan que es necesario realizar previamente, como hicieron los países del Norte de Europa en el siglo XVIII, una revolución agrícola que combine la producción cerealista y forrajera; otros se fijan en los recursos naturales y, especialmente, los energéticos, y ponen como ejemplo la importancia del carbón para la Revolución Industrial inglesa; los hay que consideran determinante el marco institucional y la existencia de un Estado de Derecho; algunos ven la educación y el capital humano como factores claves y también la iniciativa empresarial, sobre todo a la hora de aplicar los avances tecnológicos a los procesos productivos, pero todos coinciden en que la demografía es una variable determinante.
En efecto, el espectacular crecimiento de la población en los países subdesarrollados hace difícil romper el círculo vicioso de la pobreza. Lo más grave es que ha quedado roto el equilibrio "natural" entre desarrollo económico y demográfico. En las sociedades agrarias precapitalistas, la población crecía poco porque la alta tasa de natalidad se contrarrestaba con la también alta mortalidad, infantil sobre todo, y con las epidemias y hambrunas que periódicamente aparecían. La mejora del nivel de vida que trajo consigo la industrialización capitalista hizo que la mortalidad bajara drásticamente y creció consecuentemente la población.
Sin embargo, la explosión demográfica europea del siglo XIX alcanzó como mucho el 1 por ciento de crecimiento anual, mientras que los PIB de las economías más dinámicas, como las del Reino Unido y Alemania, aumentaban entre el 2 y el 3 por ciento de media anual. Es decir, población y economía guardaban un equilibrio, o, dicho de otra manera, la riqueza crecía lo suficiente para mejorar la vida de casi todos los habitantes y para soportar un crecimiento sin precedentes de la población. Incluso las sociedades agrarias precapitalistas mantenían, aunque de forma brutal, un cierto equilibrio: apenas aumentaba la población porque la falta de alimentos y de asistencia sanitaria provocaba un gran número de muertos.
Nada de esto sucede en las sociedades agrarias que todavía perduran, es decir, en las regiones más empobrecidas. La población africana crece al 4 por ciento desde el año 1960, lo que ha multiplicado casi por tres el número de habitantes en estos 40 años (la población europea "sólo" se dobló en todo el siglo XIX), mientras que su economía está desde entonces prácticamente estancada. Aunque sea duro reconocerlo, la intervención humanitaria externa es la "culpable" de que población y economía ya no acoplen sus ritmos. La labor de los organismos internacionales y de las ONG’s ha resultado relativamente eficaz en la mejora de la sanidad (vacunaciones masivas para erradicar las enfermedades infecciosas y parasitarias, y ello a pesar del efecto devastador del SIDA) y, en consecuencia, la mortalidad ha bajado (la de África es ahora la mitad que la europea a principios del siglo XIX). Sin embargo, no es posible exportar el desarrollo económico.
A pesar de las dificultades, la historia económica de estos dos siglos demuestra que existe una clara y directa relación entre libertad económica, desarrollo y convergencia. Por ello, sólo la extensión de los principios de libertad de mercados a las regiones del mundo empobrecidas puede sacarlas de su situación, igual que sucedió anteriormente en las zonas ahora enriquecidas. La experiencia enseña también que es posible abandonar el pelotón de rezagados y unirse a los que van en cabeza, como recientemente han hecho algunos países del Sudeste asiático e Irlanda. La apertura comercial, la libertad de movimientos de capital, incluidas las inversiones directas (deslocalización de empresas), y los flujos migratorios de mano de obra, la globalización en una palabra, es el único camino posible y ya ensayado por los países que han conseguido salir de la pobreza.
Pero la historia del capitalismo demuestra también que, si se pretende trasladar los estándares laborales y sociales vigentes en los países industrializados a los menos desarrollados (trabas, por ejemplo, al dumping social o al trabajo infantil), se impide a éstos aprovechar sus ventajas comparativas en bajos salarios o en menores niveles de protección social. Las mejoras en estos campos deberán ser paulatinas y paralelas al desarrollo económico. En esta carrera no existen atajos y el país que intenta tomar uno vuelve al pelotón de cola. Para que la pobreza no permanezca más, se necesita, en pocas palabras, un capitalismo tan puro y duro como el que originó la riqueza.
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