Un estudio hecho en los países nórdicos , demostró que las personas que invierten en bolsa no son los que más dinero tienen, sino lo más inteligentes.

"Por extraño y paradójico que le parezca: La renta variable es el activo-a largo plazo-más rentable y menos arriesgado".Francisco García Paramés

La clave en el mundo de las inversiones está en la PACIENCIA, como decía un inversor value "Más vale hacerse rico despacio que pobre rápidamente" .

Todo llega para quien sabe esperar.Nunca te des por vencido, las grandes cosas llevan tiempo.

‎ "Yo me fío más de cómo maneja la economía una familia que se juega el pan o un empresario, que se juega la ruina, que un grupo de señores que, cuando quiebran un país, se van a su casa, reciben seis cargos públicos o privados y se dedican a dar discursos."Daniel Lacalle

Los seres humanos observan que hoy en día las carreteras, los hospitales, las escuelas, el orden público, etc. etc., son proporcionados en gran (sino en exclusiva) medida por el estado, y como son muy necesarios, concluyen sin más análisis que el estado es también imprescindible. No se dan cuenta de que los recursos citados pueden producirse con mucha más calidad y de forma más eficiente, barata, y conforme con las cambiantes y variadas necesidades de cada persona, a travésdel orden espontáneo del mercado, la creatividad empresarial y la propiedad privada.Jesús Huerta de Soto

Comprar cuando la bolsa baja y vender cuando sube es difícil porque va en contra de la naturaleza humana: en los últimos 3.000 años, cuando el vecino de al lado salía corriendo o gritaba "fuego", ha resultado rentable salir corriendo también. De ahí que cuando la bolsa sube nos dan ganas de comprar, y cuando baja nos dan ganas de vender, por una simple cuestión de biología.

¿Pero es que no os dais cuenta que todas las injusticias y toda la corrupción proviene de lo "publico"?‏



sábado, 1 de octubre de 2011

¿DONDE INVERTIR VALUE EN USA? THE YACKTMAN


- THE YACKTMAN.- El Yacktman Fund, ha empezado a comercializarse en Europa, y concretamente en Inversis Banco ya me han confirmado que se puede comprar. Invertir en un fondo de inversión sometido a la normativa española nos permitiría en un momento dado poder traspasar la inversión a otros fondos sin tributar, con lo que esos dineros no gastados en pagar impuestos seguirían trabajando para nosotros.
Comparativa Fondos Value 11 Años

lunes, 26 de septiembre de 2011

Cómo ganar en bolsa a largo plazo


A pesar de la crisis financiera, la inversión en bolsa española desde el año 2000 consigue batir a la inflación e incluso aportar un plus de rentabilidad si se tiene en cuenta la remuneración al accionista.

Una de las creencias comunmente aceptadas en el mundo de la inversión es que la apuesta por la renta variable siempre es rentable en el largo plazo. Pero con el advenimiento de la crisis financiera en julio de 2007 y el posterior desplome de las bolsas, el mito se ha caído para muchos inversores. Las bajadas han sido tan pronunciadas que han barrido de un plumazo las rentabilidades obtenidas en diez años. Se habla así de la década perdida de la renta variable.
Si se tiene en cuenta la cotización de los índices desde diciembre de 2000, las pérdidas a día de hoy se sitúan, en la mayor parte de los casos, en doble dígito. El Ibex 35 se deja un 15,3%. El CAC francés, un 54,1% y el EuroStoxx 50, un 58,9%. El S&P estadounidense logra frenar la caída hasta el 14,4%, mientras que el Nikkei japonés se desploma hasta el 37,9%. Sin embargo, a pesar de lo abrumadoras que son las cifras, el panorama no ha sido tan negro si se tienen en cuenta los dividendos repartidos por las compañías.
Reinvertir o no reinvertir
Cuando una compañía reparte dividendos, el inversor tiene dos opciones. Una de ellas es reinvertirlos en la propia compañía. Esta estrategia, característica de los fondos de inversión, resulta rentable cuando las acciones suben, ya que al haber utilizado los dividendos cobrados para comprar aún más acciones, los beneficios finales son aún mayores. Así, en un año alcista como fue 2009, el Ibex se anotó un 29,8%, mientras que si se tiene en cuenta la reinversión de dividendos, subía un 37,8%. En cambio, en un mercado bajista como el que se dio en 2010, el selectivo español se dejó un 17,4%. Con dividendos la caída se modera hasta el 12,9%. 
La segunda opción es reservar los dividendos para otros usos o como colchón de liquidez. En este caso, la remuneración percibida puede compensar las posibles pérdidas en las que incurra el inversor cuando la tendencia del mercado sea bajista.
En el caso del parqué español, los dividendos repartidos por las compañías han resultado clave para atenuar las pérdidas de los accionistas. De hecho, si se analiza la evolución de los valores del Índice General de la Bolsa de Madrid desde diciembre del año 2000, el cobro de dividendos no sólo compensa las caídas en las cotizaciones desde esa fecha, sino que permiten obtener rentabilidades positivas, según cálculos facilitados por BME.

De este modo, una inversión de 10.000 euros en acciones del Mercado Continuo (siguiendo los mismos pesos que otorga el Índice General a cada compañía) que hubiera sido realizada a cierre de 2000, habría caído un 4,53% hasta el 15 de septiembre de este año. La inversión inicial se habría reducido, por tanto, hasta los 9.547 euros. Por otro lado, el inversor habría cobrado hasta 4.851 euros en concepto de dividendos en ese periodo, lo que supone una rentabilidad del 48,5% respecto a la inversión inicial.
Si el inversor hubiera mantenido estos dividendos aparte (sin reinvertirlos), la rentabilidad final de la inversión, teniendo en cuenta el impacto negativo de las caídas de las bolsas y el efecto positivo de los dividendos, habría sido del 43,9%. En otras palabras, sus 10.000 euros se habrían convertido en 14.398, lo que supone una rentabilidad anualizada del 3,47%.
De este modo, y apesar de la mala racha bursátil, la inversión en renta variable habría conseguido alcanzar la meta básica para cualquier inversor: batir a la inflación. Según cálculos de BME, el efecto que supuso el alza de los precios en ese periodo se habría llevado por delante el 35,04% del patrimonio acumulado en esas fechas. Pero como la rentabilidad de la bolsa española, dividendos incluidos, fue del 43,9%, el accionista sigue obteniendo un retorno positivo para su inversión (ver ilustración).
Si se descuenta, por tanto, el efecto inflacionista, los 10.000 euros invertidos se habrían convertido en 10.894, lo que supone una rentabilidad del 8,94% (del 0,8% en términos anualizados).
Cara a cara con los bonos
Teniendo en cuenta los dividendos, la rentabilidad de la bolsa española en la última década no se sitúa muy lejana a la de los activos sin riesgo. El interés que ofrecían las obligaciones del Estado a 10 años en diciembre de 2000 era del 5,24% anual. Si se extienden las características de este bono a un periodo de 10,7 años (que es el tiempo que ha transcurrido desde entonces), la rentabilidad sería del 55,02% (4,18% anualizado). Descontando el efecto de la inflación, el 19,98%. En consecuencia, un inversor que hubiera dedicado 10.000 euros a la inversión en deuda pública española, tendría hoy 11.998 euros, una vez descontado el efecto de la subida de precios.
La diferencia de rentabilidad entre ambos activos en términos anualizados no es muy grande. Un inversor que hubiera apostado por la renta variable española en 2000, habría obtenido un retorno neto del 0,8% en términos anualizados, mientras que el inversor en deuda pública habría conseguido menos de un punto porcentual más (el 1,72%), anualmente.
Esta simulación permite hacerse una idea del importante papel que juegan los dividendos a la hora de contribuir a la rentabilidad de la bolsa en el largo plazo. Sin embargo, hay que tener en cuenta varios factores que inciden en que esa rentabilidad llegue finalmente al bolsillo del accionista. Por un lado, el hecho de no reinvertir los dividendos en acciones no implica que el inversor los deposite en una cuenta como colchón de cara a futuras caídas (podría haberlos gastado o dedicado a otro tipo de activos).
Por otro lado, el supuesto parte de la base de que el inversor ha tenido la paciencia de aguantar el chaparrón a través de la tormenta bursátil. Un escenario que no resulta muy probable, teniendo en cuenta que muchos inversores se dejan llevar por el pánico y tienden a vender cuando las acciones se encuentran en plena caída.
No obstante, y dejando estos factores a un lado, lo cierto es que la apuesta bursátil en la última década no tiene por qué arrojar resultados negativos. “A largo plazo, la inversión en renta variable (con dividendos incluidos de una u otra manera) es prácticamente siempre positiva y superior a otras inversiones financieras similares”, afirma Javier Garrido, subdirector del Servicio de Estudios de BME.
La bolsa también resulta un activo atractivo si se tienen en cuenta otros periodos históricos y no sólo la última década. En Bolsas y Mercados han llevado a cabo un análisis en el que comparan la inversión en renta variable con la inversión en deuda a largo y corto plazo desde 1980 hasta 2010 utilizando datos mensuales. Según este análisis, en los 241 períodos de 11,7 años (que son los años transcurridos desde el año 2000 hasta ahora) contenidos en ese plazo, la rentabilidad de la bolsa es positiva en todos los casos, con un promedio de un 15,75% anual (frente a un promedio del 11,76% de la deuda a largo plazo). La rentabilidad máxima fue del 25,14% y la mínima, del 3,36%. Este análisis, que supone la reinversión de dividendos y de cupones, concluye que en el 87% de los casos (210 períodos de 11,7 años) la rentabilidad de la bolsa es mejor que la de la deuda a largo plazo.
Beneficio de las compañías
La afirmación de que la renta variable es rentable en el largo plazo no sólo se apoya en los resultados históricos. En teoría, las bolsas tienden a reflejar el crecimiento de los beneficios de las compañías y si se coge un periodo temporal lo suficientemente largo, se consigue desligar el efecto negativo que puede suponer el ciclo económico sobre estas empresas. Lo difícil es determinar cómo de largo tiene que ser el periodo de espera. ¿Es una década tiempo suficiente? Según algunos expertos, para garantizar resultados positivos, habría que esperar algo más. 
En Atlas Capital han analizado la evolución de la bolsa americana desde la Gran Depresión y afirman que en periodos de 13 a 15 años, la renta variable es el activo más rentable. “El problema es que mucha gente no está dispuesta a esperar tanto. Prefieren plazos de 5 a 8 años”, comenta Belén Alarcón, directora de la EAFI de Abante. Según la experta, desde 1929 hasta 2008, el crecimiento del índice S&P se corresponde con el de los beneficios de las empresas. Un crecimiento que, en un ciclo económico completo, se situaría en el 6%.
Esto demuestra que “en el largo plazo, la teoría se cumple, pero en el corto, hay irracionalidades”. Como demostró la caída de los mercados tras la tormenta subprime, la volatilidad puede llegar a ser extrema e influir decisivamente en la conducta psicológica del inversor.
Por tanto, la clave está en mantener la inversión sin ceder al pánico y en elegir, en la medida de lo posible, el mejor momento para posicionarse en bolsa. Según Alarcón, si se cumple con esas dos condiciones, la rentabilidad que cabe esperar se sitúa entre el 8% y el 10%.
Una forma de evaluar si el momento actual es propicio para la inversión es analizar el PER histórico de las bolsas. La experta señala que el PER histórico medio de la bolsa americana se sitúa en 16 veces. Actualmente se encuentra en 12,3 veces (y el Ibex ronda las 6,6 veces). “Ahora mismo el mercado está barato a 5 o 7 años vista”, concluye la experta.
Los que teman no tener la puntería suficiente para acertar con el momento de mercado tienen otra opción a su alcance, que es introducir pequeñas cantidades periódicamente. De este modo, se consigue neutralizar los vaivenes bursátiles en el largo plazo, ya que el inversor habría comprado tanto cuando el mercado estaba caro como cuando estaba barato.
Mirando a emergentes
El problema de elegir el mejor momento para posicionarse en bolsa es que pueden pasar años hasta que llegue de nuevo una situación idónea para invertir. Pero en este aspecto, el inversor cuenta con otro as en la manga: la diversificación geográfica.
Aunque las bolsas de las economías desarrolladas han vivido desplomes de doble dígito en la última década, los mercados emergentes consiguen pasar la prueba con nota. Con datos de Fidelity para el periodo 2000-2010, la bolsa rusa ha crecido un 567%, la mexicana, un 381% y la brasileña un 304%. “Nosotros lo llamamos un mundo a dos velocidades”, explica Antonio Salido, responsable de Márketing de la gestora en España.
La inversión en emergentes aportaría así crecimiento a la cartera, mientras que la apuesta por los desarrollados, y particularmente por las compañías con mayor rentabilidad por dividendo, proporcionaría un plus de estabilidad.

martes, 20 de septiembre de 2011

¿ Que hacer con tu dinero invertido en bolsa cuando vienen crisis como esta y se reduce considerablemente?


Pues he leído todo tipos de propuestas:
1º por un lado están los Bogleheads que proponen reducir tu inversión en renta variable conforme  te aproximas a la edad de jubilación así una persona de 70 años tendría invertido el 60-70% invertido en bonos y el 30-40% en bolsa. 
2º Los chartistas usan los stop loss.
3º Y luego está la opción que a mi mas me convencen ( en parte también por mi edad 31 años )que es  seguir manteniendo el dinero en bolsa pero que conforme se acerque la edad en que quieras recibir rentas , mas dinero debe ir destinado a acciones que den dividendos.
-3.1 la Bolsa es el activo mas rentable que existe , en los últimos 200 años frente una inflación media del 4%, los bonos y las letras ofrecieron un TAE del 5%, mientras la renta variable arroja una rentabilidad  media anual cercana al 10%. Por eso sii tienes una renta por dividendo asegurada que te da lo suficiente para vivir bien por muy mal que vaya la bolsa, no veo necesidad a salirse de ella, pues ahí obtienes seguridad a costa de quitarles riqueza futura a tus hijos. Si no la tienes asegurada, entonces sí, habría que reducir la exposición a los activos más volátiles a corto.

Si tomamos por ejemplo el crack de 1929 que propició  una bajada del índice del 89%, y pensamos que un inversor desde el punto más alto hubiera ido realizando inversiones regulares cada mes a lo largo de la caída, llegamos a la sorprendete conclusión de que en menos de 4 años ese inversor hubiera obtenido una rentabilidad mayorque invirtiendo en Letras del Tesoro. Si hubiera mantenido su inversión durante 30 años, habría obtenido una tasa de rentabilidad media del 13%

-3.2 Puede resultar paradójico pero la renta variable es el activo menos arriesgado a largo plazo( El largo plazo en bolsa son 20 años, lo que pasa es que los fondos value conssiguen reducirlo a 10 años).
J Siegel, demuestra en su libro  Stocks for the long run,como la bolsa americana a un plazo superior a 20 años deja de tener riesgo, y , sin embargo, los bonos y las letras siguen teniendo retornos  mínimos negativos íncluso a 30años.
(Una acción es como un bono con valor del principal y del dividendo creciente.)

Actualmente mi patrimonio lo conforman 3 fondos value a nivel, europeo y  emergentes y un fondo indexado de la bolsa americana, mi patrimonio en acciones por mi cuenta en muy pequeño, con lo que la idea es , conforme aumente mi patrimonio ir destinando poco a poco parte delos beneficios a empresas con dividendos. ¿por qué digo esto?

En la Gran Depresión de los años 30 en USA las empresas siguieron repartiendo dividendos, y de hecho esta fue la estrategia (salvo traders superbuenos, que alguno habría digo yo) que mejor funcionó durante todos esos años.

¿Es posible perder dinero en bolsa con una inversión a largo plazo?
Si una empresa quiebra pierdes todo lo que hayas invertido en ella. Lo que sucede es que las probabilidades de que te suceda esto en un blue chip son bajísimas.
Y las probabilidades de que quiebren todos los blue chips españoles a la vez son prácticamente nulas. Voy más allá, si eso llegara a suceder seguramente lo que menos te importaría serían tus inversiones, y no te librarías de un cataclismo así invirtiendo en cualquier otra cosa como deuda del Estado o inmuebles. Sería una situación apocalíptica que no podemos prever.

Mirando casos extremos (como guerras o crisis) del pasado el activo que mejor resiste normalmente son las acciones.Vea este vídeo:http://www.youtube.com/watch?v=uy1qbeL94hQ
Lo primero que se suele hacer al acabar una guerra (y perderla) es anular la deuda pública y los billetes, cuentas y depósitos. La "garantía del Estado" en esos casos suele ser 0. Generalmente se crea una nueva moneda que se reparte entre la población de formas impredecibles. A veces se le da a cada persona una fracción mínima de lo que tenía y otras se da una cantida fija a todo el mundo. 

Por ejemplo, en Alemania tras la Segunda Guerra Mundial se anuló todo el dinero y se dió a cada alemán 50 marcos nuevos.

Pero los que tenían acciones de laVolkswagen, Mercedes o el Deutsche Bank las siguieron teniendo (las mismas, claro, el que tenía 100 acciones antes de la guerra siguió teniendo 100 acciones despues) y fueron los que primero recuperaron su patrimonio.

En la Gran Depresión de los años 30 en USA las empresas siguieron repartiendo dividendos, y de hecho esta fue la estrategia (salvo traders superbuenos, que alguno habría) que mejor funcionó durante todos esos años.

Si ves otras guerras suele suceder lo mismo, lo peor es tener billetes, depósitos, cuentas o deuda pública. A veces se anulan directamente y de un día para otro se pierde el 100% y otras se entra en un período de hiperinflación en el que se tarda unas pocas semanas o meses en perder el 99,99999% del valor del dinero.


La bolsa de Japón siempre se pone como ejemplo de que la inversión a largo plazo no siempre funciona pero en aquellos momentos eran precisamente los inversores de largo plazo los que advertían de que aquello era una locurta insostenible y los que recomendaban no comprar.


Por dar algunas referencias a finales de los 80 el precio de las viviendas en Japón se establecía en centimetros cuadrados (no metros), lo que da idea de la sobrevaloración a la que llegaron. Los terrenos en los que está el palacio imperial tenían un valor estimado superior al de todo el terreno del estado de California (que es mayor que España) con sus inmuebles incluídos. En cuanto a las empresas lo normal era que tuvieran un PER de varios cientos de veces.

Es decir, el conjunto de los activos inmobiliarios y financieros tenía una sobrevaloración totalmente disparatada y sin comparación con la situación actual de Europa y USA. Es lógico que tarden muchas décadas (incluso varias generaciones) en corregir esa sobrevaloración, pero nosotros no hemos vivido nada parecido a eso en Europa y USA. Nuestras burbujas inmobiliarias no tienen comparación posible con la japonesa y el conjunto de la Bolsa no está caro ni mucho menos desde un punto de vista histórico, más bien lo contrario.

Lo más parecido que hemos vivido nosotros a la burbuja de Japón de finales de los 80 fue la burbuja de internet del año 2001. Jazztel, por ejemplo, alcanzo un máximo en Enero de 2001 de 22 euros aproximadamente. Desde un punto de vista fundamental ese precio era una sobrvaloración irracional. ActualmenteJazztel cotiza a unos 3,5 euros aproximadamente y lo más probable en mi opinión es que en el año 2026 (25 años despues de su máximo) siga cotizando por debajo de aquellos 22 euros, incluso muy por debajo. No es descartable en absoluto queJazztel nunca vuelva a alcanzar aquellos 22 euros, y mucho menos si los actualizamos con la inflación, que es lo que se debe hacer.

¿Por qué son las bolsas el activo mas rentable que existe?

En primer lugar las empresas que producen bienes o prestan servicios, suelen trasladar los procesos inflacionarios a los precios de sus productos y servicios. Si no fuera asi, se agotaria la producción. Por lo tanto es la mejor forma de luchar contra la perdida de poder adquisitivo por la subida de la inflación

En segundo lugar la rentabilidad del S&P 500 desde 1926 a 2002 ha sido del 10,2% descontado la inflación del poco mas del 3% de ese periodo nos da una rentabilidad neta del 7,1% ( En España con su entrada en la Union Europea en 1986 ha obtenido unas rentabilidad media del 10-11% descontado la inflación).Y en ese periodo (1926-2002)hemos de tener en cuenta una Gran Depresión, una Guerra Mundial, crisis del sistema monetario, crisis energéticas, burbujas tecnológicas y atentados terroristas. Digamos que ha pasado un poco de todo y aun así, de haber invertido en el S&P 500 habríamos obtenido una rentabilidad compuesta anual real del 7%.

En otras palabras, si invertimos en una cartera con las mayores empresas del país y no logramos rentabilidades atractivas, significará que muy mal estará la economía del país. Y en ese contexto, aun cuando sacaras todo tu dinero de la bolsa, pocas oportunidades tendrías en cualquier otro lado. Si la Bolsa va mal durante muchos años, pocas cosas o nada irá bien.
Recuerden compren Blue Chips


Ejemplo real de un inversor de éxito:
Hace unos años apareció en la prensa una curiosa noticia. Un policía municipal ya jubilado, soltero y sin hijos, falleció en 1998 dejando en su testamento el mandato de que su patrimonio se utilizara para hacer obras de beneficencia. El 'hobby' de este buen hombre era la bolsa, a la que se dedicó sobre todo después de jubilarse, por lo que la herencia estaba constituida por su vivienda habitual (bastante humilde) y la cartera de acciones reunida desde cero, con el dinero que iba ahorrando.

La sorpresa de los encargados de ejecutar el testamento fue mayúscula cuando constataron que el valor liquidativo de la cartera ascendía a casi 600 millones de pesetas( 3.600.000€). Su estrategia no era nada sofisticada, la describía como comprar valores seguros y 'sentarse' sobre ellos. Tampoco lo era la composición de la cartera: 24 valores de bolsa española correspondiendo las mayores participaciones a Unión Fenosa, Banco Santander y Telefónica.

Los relativamente modestos ahorros se habían multiplicado gracias a una combinación de factores típica de las estrategias de inversión a largo plazo. La 'magia del interés compuesto', es decir, que las rentabilidades se van calculando sobre bases cada vez mayores, por lo que la rentabilidad absoluta acumulada a lo largo del tiempo tiende a crecer de manera exponencial. La reinversión sistemática de las rentas obtenidas lo que genera rentas adicionales, que a su vez se reinvierten... otro proceso exponencial. La gestión correcta del riesgo, reflejada en la amplia diversificación y en la búsqueda de solidez. Y una dosis de buena suerte,al coincidir la etapa final, la más importante donde se concentra la mayor parte de la rentabilidad en cifras absolutas, con un ciclo alcista secular.

En definitiva, las 'cuatro G' de Kostolany', ideas (simples pero correctas), dinero (procedente de su compulsiva pasión por el ahorro), paciencia (aguantar los valores sin dejarse conmover por las caídas ni por las subidas) y suerte (aunque la suerte se busca, es difícil aprovechar un ciclo alcista si se está esperando a que 'las cosas se aclaren').

Otro ejemplo real: Me escribe un hombre sobre su inversión y me dice lo siguiente: "Yo tengo acciones de Telefónica desde 1983. Los dividendos y lo que ahorro lo invierto sistemáticamente en nuevas acciones, sin vender nada. Ahora tengo 33.400 acciones de Telefónicas( con un dividendo de 1,75€ por acción en 2011 me genera 58450€ al año de dividendos y sigo comprando para dejarselas a mis hijos.


Llamar 'inversores' a quienes venden en cuanto ganan un 5 o un 10% y van acumulando una 'cartera de inversión a largo' con las acciones que empiezan a bajar y se sitúan de manera permanente por debajo del nivel de compra es no comprender, incluso insultar, a los verdaderos inversores.
Saludos

viernes, 12 de agosto de 2011

Pero, ¿habría suficiente oro?

Por Juan Ramón rallo
El patrón oro no es un buen ejemplo de patrón monetario rígido, pero, aun en el caso de que lo fuera, el sistema económico podría seguir funcionando perfectamente.


Los detractores del patrón oro creen ir cargados de razones. Son numerosos los motivos por los que se oponen a semejante bárbara reliquia, aunque ninguno tan potente como la sensación de modernidad y cientificidad que les embarga al creer superado el medio de pago y el depósito de valor que Occidente utilizó durante milenios. A renglón seguido, eso sí, una de las críticas más populares es que no hay suficiente oro en el planeta para acompasar el crecimiento mundial: la cantidad de dinero, se nos dice, debe crecer al mismo ritmo que la producción de bienes y servicios; eso pudo lograrse con dificultades en el s. XIX, pero sería inviable en el s. XXI.
El argumento suena verosímil, pero si lo analizamos un poco veremos que tiene poca consistencia. Es decir, la cuestión es la siguiente: ¿qué pasaría en un mundo que siguiera creciendo pero donde la cantidad de medios de pago fuese absolutamente rígida? Por claridad expositiva, podemos dividir los efectos en dos tipos: por un lado, los que atañen a los precios y la producción (aspecto real); por otro, los referidos a los tipos de interés, las deudas y la financiación empresarial (aspecto financiero).
En cuanto a los precios, asistiríamos sin duda a una deflación secular. Conforme más produjéramos, más se abaratarían los productos en relación a la onza de oro (o a la de cualquier otro patrón monetario que fuese fijo). Mas, ¿es esto algo negativo? No necesariamente. Mucha gente teme que si los precios caen, los empresarios quebrarán y entraremos en una depresión económica en la que la producción de bienes y servicios se reducirá. Pero lo cierto es que la rentabilidad de los empresarios no depende exclusivamente de los precios de venta de sus mercancías, sino de sus precios y de sus costes (del margen de beneficios).
Si precios y costes se reducen, la producción podrá seguir su curso con normalidad. Es sencillo de comprender: si ahora mismo se dividieran todos los precios de la economía entre diez (incluyendo los de activos y pasivos), prácticamente nada cambiaría. Seguirían siendo rentables las mismas líneas productivas y la gente no vería modificadas sus costumbres de gasto.
Es verdad que si los precios, en lugar de reducirse de golpe, fueran cayendo progresivamente y a ritmos desiguales, el comportamiento de consumidores y empresarios podría tener efectos reales. Los consumidores retrasarían su consumo y los empresarios podrían encontrar que otras líneas de negocio resultan más rentables que la suya (si los precios han caído menos o los costes se han reducido más que en la suya). Pero lo mismo sucede con la inflación: los consumidores tienen incentivos a adelantar su consumo y los empresarios también pueden ver cómo sus cálculos se distorsionan (si los precios suben más o los costes se incrementan menos que en su línea productiva). Y, puestos a elegir, es preferible que los consumidores retrasen su consumo a que lo adelanten, pues la base del capitalismo y de la prosperidad es el ahorro.
En definitiva, el capitalismo con un patrón monetario rígido requeriría de unos mercados flexibles donde los precios –y los costes– pudieran ir modificándose con el transcurso del tiempo. Nada, por otro lado, que no se diera en el s. XIX y que no sea igualmente recomendable en un capitalismo con un patrón monetario más elástico; al cabo, los precios son los faros del capitalismo y nada bueno puederesultar de su manipulación.
Hay una serie de precios que, sin embargo, no es probable que fueran a modificarse ni siquiera en un mercado muy flexible. Me refiero al saldo de las deudas: si los precios caen y el saldo de los pasivos no minora, cada vez los agentes adeudan más dinero en relación con sus ingresos. El temor, en este caso, es que los individuos no tendrán ningún incentivo a endeudarse y, por tanto, no podrán hipotecarse ni para adquirir viviendas ni captar capital emitiendo bonos con el que implementar sus planes de negocios.
Esta preocupación sí es en parte comprensible, pues ciertamente una economía con una deflación persistente de precios tendería a penalizar el endeudamiento. Sin embargo, no es ni mucho menos un obstáculo insalvable para mantener altos niveles de crecimiento económico. Primero, porque al igual que hoy una parte de los tipos de interés que pagan los deudores depende de la inflación esperada (de modo que si el ahorrador desea un rentabilidad mínima del 4% y prevé que los precios suban al 1,5% anual, carga unos intereses del 5,5%), en una economía con deflación persistente los tipos de interés tenderían a incorporar la deflación esperada (de modo que si se desea una rentabilidad mínima del 4% y los precios caen al 1,5%, el tipo de interés sería del 2,5%), incluso indexando los bonos a la evolución de algún índice de precios tal como ya se hace hoy. Segundo, porque la única manera de financiar una empresa no es a través de fondos ajenos (deuda), sino también a través de fondos propios (que, entre otras remuneraciones, reparten dividendos variables en función de la caja que posee la empresa).
Una economía con deflación sería una economía donde la financiación vía fondos propios tendría un peso mucho mayor al actual y donde la deuda, si bien resultaría probablemente más barata en términos nominales, sería de bastante mayor calidad, pues los ahorradores sólo aceptarían no atesorar el dinero y prestarlo a largo plazo a cambio de riesgos que fueran muy seguros; lo cual no significa, ni mucho menos, que fuera una sociedad menos emprendedora o arriesgada, sino que el riesgo se canalizaría por su vías naturales, que no son precisamente la financiación bancaria sino las participaciones en el patrimonio neto de los fondos de venture capital o de private equity.
En conclusión, hemos visto que ni la producción ni la inversión se verían seriamente perjudicadas en un mundo donde la cantidad de medios de pago fuera absolutamente fija. Tradicionalmente se ha asociado este escenario con el patrón oro, pero sí me gustaría añadir unas líneas a este respecto. Dejando de lado que en el último siglo las existencia del metal amarillo se hayan multiplicado por siete, que el oro se convierta en el patrón monetario de una sociedad no significa ni mucho menos que sea su único medio de pago. En una economía moderna, la mayor parte de mercancías se compra vía compensación de créditos y deudas, esto es, pagando unas mercancías con otras mercancías: esa es la base del crédito circulante que proporcionan empresas y bancos a sus clientes (letras de cambio y depósitos a la vista) y que, por supuesto, jugó un papel central en el s. XIX y lo seguiría jugando en una eventual recuperación del patrón oro.
Ni siquiera hoy, en la era del dinero fiduciario, la mayor parte de las transacciones se realizan al contado: la cámara de compensación CHIPS, por ejemplo, efectúa transacciones anuales por importe de 365 billones de dólares, cuando la base monetaria del dólar (el equivalente a la cantidad de oro con la que cuenta el sistema) apenas asciende a 2,7 billones de dólares. De hecho, tampoco esta base monetaria de dólares se ha incrementado al mismo ritmo que la producción de bienes y servicios: entre 1947 y 2007, la cantidad de dólares se multiplicó por 25 mientras que el PIB nominal de EEUU (no hablemos del resto de transacciones mundiales que se efectúan con dólares) lo ha hecho por 60.
El oro no impide que toda esta superestructura de crédito –que es, en el fondo, la que compra y vende mercancías en una economía que haya desarrollado un poquito su sistema de pagos– se pueda erigir; lo que favorece es que esa superestructura sea de una calidad infinitamente mayor a la del dinero fiduciario. Pero la elasticidad de los medios de pago (que no serían ni única ni mayoritariamente monedas de oro) sigue siendo enorme; en ocasiones incluso demasiado grande para evitar la recurrencia de los ciclos económicos.
Así pues, como vemos, el patrón oro no es un buen ejemplo de patrón monetario rígido (y eso que ni siquiera hemos hablado de la posibilidad de que junto con el patrón oro convivan otros patrones monetarios, como la plata o incluso, en ciertos ámbitos reducidos, variedades de medios de pago fiduciarios, electrónicos o no) pero, aun en el caso de que lo fuera, el sistema económico podría seguir funcionando perfectamente. Las objeciones contra el patrón oro no deben buscarse en sesudos argumentos teóricos, sino en la arrogancia de los intelectuales y en los conocidos intereses del Gobierno, de la banca y de una población pródiga en exceso por abusar del endeudamiento barato.
Puede dirigir sus preguntas a contacto@juanramonrallo.com
Juan Ramón Rallo es doctor en Economía, jefe de opinión de Libertad Digital y profesor en el centro de estudios Isead. Puede seguirlo en Twitter o en su página web personal. Su último libro es Crónicas de la Gran Recesión (2007-2009).