Un estudio hecho en los países nórdicos , demostró que las personas que invierten en bolsa no son los que más dinero tienen, sino lo más inteligentes.

"Por extraño y paradójico que le parezca: La renta variable es el activo-a largo plazo-más rentable y menos arriesgado".Francisco García Paramés

La clave en el mundo de las inversiones está en la PACIENCIA, como decía un inversor value "Más vale hacerse rico despacio que pobre rápidamente" .

Todo llega para quien sabe esperar.Nunca te des por vencido, las grandes cosas llevan tiempo.

‎ "Yo me fío más de cómo maneja la economía una familia que se juega el pan o un empresario, que se juega la ruina, que un grupo de señores que, cuando quiebran un país, se van a su casa, reciben seis cargos públicos o privados y se dedican a dar discursos."Daniel Lacalle

Los seres humanos observan que hoy en día las carreteras, los hospitales, las escuelas, el orden público, etc. etc., son proporcionados en gran (sino en exclusiva) medida por el estado, y como son muy necesarios, concluyen sin más análisis que el estado es también imprescindible. No se dan cuenta de que los recursos citados pueden producirse con mucha más calidad y de forma más eficiente, barata, y conforme con las cambiantes y variadas necesidades de cada persona, a travésdel orden espontáneo del mercado, la creatividad empresarial y la propiedad privada.Jesús Huerta de Soto

Comprar cuando la bolsa baja y vender cuando sube es difícil porque va en contra de la naturaleza humana: en los últimos 3.000 años, cuando el vecino de al lado salía corriendo o gritaba "fuego", ha resultado rentable salir corriendo también. De ahí que cuando la bolsa sube nos dan ganas de comprar, y cuando baja nos dan ganas de vender, por una simple cuestión de biología.

¿Pero es que no os dais cuenta que todas las injusticias y toda la corrupción proviene de lo "publico"?‏



miércoles, 19 de enero de 2011

La bolsa y el patrón oro


Juan Ramón Rallo

&quote&quoteNo es la expansión crediticia lo que mueve el mercado bursátil a largo plazo, sino la fuerza que hay detrás de todo el desarrollo de las economías capitalistas: el ahorro dirigido hacia inversiones empresarialmente inteligentes.

Me inquiere un lector en mi último artículo que resulta inconsistente defender las pensiones privadas de capitalización y al tiempo el patrón oro. La lógica reza del siguiente modo: la bolsa sólo ha subido en los últimos tiempos debido a la expansión crediticia perpetrada por la Reserva Federal, por tanto si limitáramos esa expansión crediticia merced al oro, el precio de las acciones no podría subir. Es más, apostilla mi comentarista, la bolsa es un juego de suma cero: nada le garantiza al ingenuo inversor que no se encontrará del lado de los perdedores.
Admito que el razonamiento de que el precio de las acciones no puede aumentar si congelamos la cantidad de dinero en una economía resulta bastante intuitivo: si nuestros medios de pago no aumentan, es imposible que las cotizaciones bursátiles se revaloricen. Es un debate interesante pero demasiado amplio y complejo como para que entre en él en una columna. Baste indicar a este respecto que la inmensa mayoría de las transacciones en bolsa no se pagan con dinero, sino mediante nuestro saldo acreedor contra un bróker; dicho de otro modo, si el precio de nuestras acciones aumenta, nuestra capacidad para comprar otras acciones también aumenta: por lo general, y salvo que metamos nuevo dinero en la bolsa, no adquirimos las acciones con dinero sino con las resultas de la venta de otras acciones (rotamos la cartera). Cuestión distinta, eso sí, es que todo el mundo quisiera vender al mismo tiempo sus acciones, en cuyo caso asistiríamos a una masiva liquidación de títulos y a un hundimiento de las cotizaciones bursátiles, tal como sucedió en 2008 y comienzos de 2009.
Pero para defender la capitalización bursátil como el mejor medio para amasar un amplio patrimonio y alcanzar la independencia financiera no es necesario que el precio de las acciones aumente de continuo. El rendimiento de una acción proviene de dos fuentes: su revalorización y sus dividendos. Podemos asumir que la primera no puede darse con el patrón oro, pero desde luego sí podrá tener lugar la segunda.
Basta acudir a los datos históricos. Según recoge Jeremy Siegel en Stocks for the Long Run (Acciones para el largo plazo), entre 1802 y 1870, en pleno patrón oro (y plata), sin la malvada Reserva Federal haciendo de las suyas y con una envidiable estabilidad de precios, las acciones apenas se revalorizaron una media del 0,1% anual... pero al tiempo el rendimiento medio anual por dividendo alcanzó el 6,4%. Por ponerle números: 100 dólares invertidos en 1802 serían 7.270 dólares en 1870, y todo ello conservando el poder adquisitivo.
Lo curioso es que el mercado bursátil estadounidense ha ofrecido un rendimiento total muy similar durante todos los años siguientes: entre 1871 y 1925 la revaloración media anual (descontando la inflación) fue del 1,3% y la rentabilidad por dividendos del 5,2% y entre 1926 y 2006 la revalorización fue del 2,7% y la rentabilidad por dividendos del 4%. Así pues, la bolsa estadounidense ha proporcionado un rendimiento medio anual después de inflación de aproximadamente el 6,6% entre 1802 y 2006. O dicho de otro modo, 100 dólares invertidos en 1802 se habrían transformado en 46 millones en 2006 (corregidos por inflación, esto es, 46 millones de dólares de 1802) o en más de 1.000 millones (si no los corregimos por inflación).
Pero, ¿cómo es posible que cobrando dividendos y reinvirtiéndolos en bolsa amasemos un patrimonio si la cantidad de dinero no aumenta? Pongámonos en el caso más extremo de una economía con la cantidad de dinero congelada por completo (esquema que, por cierto, no defiendo): en tal caso, conforme la economía fuera volviéndose más productiva, los precios de todos los bienes irían reduciéndose. Las compañías ingresarían menos –sus productos cada vez se venderían más baratos– pero asimismo verían reducir sus costes –las materias primas, los salarios o los bienes de capital que necesitan para producir también se abaratarían–. Dicho otro modo, aun cuando los beneficios, los sueldos y otras rentas se redujeran, su poder adquisitivo se incrementaría (podrían comprar más bienes que antes). Por tanto, el precio de las acciones podría incluso llegar a reducirse año a año, pero los dividendos que abonarían las compañías sobradamente excederían la minusvalía y permitirían componer un rendimiento anual cercano a la media histórica del 6,6% real.
Si los árboles monetarios no nos permiten ver el bosque económico, basta con plantearnos qué sucedería si cada año invirtiéramos un 10% de nuestra renta en producir o adquirir bienes de capital que producen bienes de consumo. Parece claro que conforme acumuláramos más y más bienes de capital –conforme amasáramos un patrimonio mayor– nuestra renta futura –en forma de bienes de consumo– crecería exponencialmente (sobre todo si reinvirtiéramos parte de los bienes de consumo producidos en fabricar nuevos bienes de capital). Lo cual, por cierto, no sucedería si ese 10% de la renta que ahorramos la guardáramos debajo del colchón de cara a la jubilación.
No es, pues, la expansión crediticia de la Reserva Federal lo que mueve los fundamentos del mercado bursátil a largo plazo, sino la fuerza que hay detrás de todo el desarrollo de las economías capitalistas: el ahorro dirigido hacia inversiones empresarialmente inteligentes. Y otro día, si les parece, hablamos del riesgo de invertir en bolsa y de si las ganancias de Fulanito se compensan con las pérdidas de Menganito.
Juan Ramón Rallo es jefe de opinión de Libertad Digital, director del Observatorio de Coyuntura Económica del Instituto Juan de Marianaprofesor de economía en la Universidad Rey Juan Carlos y de ISEAD y autor de la bitácora Todo un Hombre de Estado. Ha escrito, junto con Carlos Rodríguez Braun, el libro Una crisis y cinco errores, galardonado con el Premio Libre Empresa 2010.

domingo, 16 de enero de 2011

IBEX 35: Rentabilidad y creación de valor

IBEX 35: 1991-2010  Rentabilidad y creación de valor
Hay que completar ese estudio con el siguiente artículo:

El barbero rico y el interés compuesto

Juan Ramón Rallo

&quote&quoteSi hubiese invertido el equivalente a 10.000 euros de hoy cada lustro años desde 1975, hoy podría jubilarse con un patrimonio de 330.000 euros. Usted habría metido 70.000 euros y la bolsa le hubiese regalado 260.000.

The Wealthy Barber, o El barbero rico, es un excelente ensayo novelado sobre finanzas personales destinado a explicar a las clases medias cómo amasar un abultado patrimonio a lo largo de sus vidas sin comerse demasiado la cabeza. El protagonista, Roy Miller, un humilde barbero de barrio que logró acumular un importante capital a lo largo de su vida, les va explicando a tres treintañeros sin experiencia qué hacer con su dinero para que puedan jubilarse como millonarios.
Si bien el libro está repleto de consejos, las tres recomendaciones fundamentales de Roy Miller son: a) ahorrar cada mes un 10% del salario para b) invertirlo periódicamente en un fondo de inversión que proporcione c) un rendimiento nominal de alrededor del 15% anual.
Al comienzo, los tres treintañeros se sienten estafados por los consejos de Miller. ¿Una rentabilidad anual del 15%? ¿Acaso es eso posible? Y además, ¿qué pasa con la inflación? ¿No se comería esa extraordinaria rentabilidad? Pero pronto la decepción da paso a la esperanza. Los fondos extraordinarios que proporcionan rentabilidades extraordinarias existen: se llaman fondos de inversión que se guían por los principios de la inversión del valor. En España, sin ir más lejos, tenemos a Bestinver, que desde 1993 acumula una rentabilidad anual media del 17,5%.
¿Y qué sucede con la inflación? Pues obviamente ésta se come nuestra rentabilidad –no descubro América si digo que el Gobierno nos roba mediante los impuestos ymediante la inflación–. Pero, como dice nuestro sabio Roy Miller, "es la persona que no ahorra [e invierte] la que tiene que preocuparse por la inflación". Si quienes ahorran y obtienen una atractiva rentabilidad sobre su inversión pueden verse con el agua al cuello por culpa de la inflación, ¿qué no le sucederá a quien ni ahorre ni invierta?
Algo así cabría contestar de entrada a la precipitada conclusión que algunos medios de comunicación han extraído a cuenta de un reciente informe de Pablo Fernández y Luis Corres sobre la rentabilidad media de la bolsa de Madrid durante los últimos 70 años. Agárrense fuerte: según el paper de estos dos economistas, ¡la bolsa de Madrid todavía no ha recuperado el nivel de 1974 si tenemos en cuenta la inflación! Horror. Adiós al capitalismo popular y a las pensiones de capitalización, ¿no?
Pues no, no tan deprisa. Aunque los titulares suelen ser muy escandalosos, también tienden a resultar engañosos. Como los dos autores del artículo reconocen, si tenemos en cuenta los dividendos que han pagado las empresas de la bolsa madrileña entre 1974 y 2010, el capital que hubiésemos invertido en 1974 se hubiese duplicado para 2010 en términos reales (descontando la inflación). Así pues, lejos de no haber recuperado el nivel de 1974, la bolsa lo ha duplicado cuando tenemos en cuenta los dividendos: en realidad lo que la bolsa no ha recuperado es el nivel de 2006, pues está más alta que en cualquiera de los ejercicios anteriores.
¿Es eso mucho? Bueno, en apariencia no: la rentabilidad anual media entre 1974 y 2010 apenas alcanza el 3,15% real. Sin embargo, quizá no deberíamos olvidar que la economía no ha crecido más que eso durante ese período y, sobre todo, que la inflación anual media entre 1974 y 2010 ha sido del 22,5%: o dicho de otra manera, la inversión en la bolsa madrileña nos hubiese permitido proteger nuestro poder adquisitivo entre 1974 y 2010 y, además, nos hubiese proporcionado una rentabilidad anual media del 3,15%.
Imagine que en 1974 disponía de 50.000 pesetas. De haberlas guardado debajo del colchón, hoy tendrían un valor de 41 pesetas; en cambio, de haberlas invertido en la bolsa madrileña su valor a día de hoy sería de 145.000. No está tan mal.
Sin embargo, podría estar mejor. Hagámosle caso al sabio de Roy Miller; releamos su segundo consejo: invertir periódicamente en bolsa. Es un consejo aparentemente sencillo y superfluo pero que esconde enormes beneficios: si invertimos año tras año en bolsa, compraremos acciones en momentos en los que están muy caras (como en 1974) pero también en otros que están muy baratas (como en 1980).
Supongamos que hubiésemos invertido en la bolsa madrileña una cantidad fija cada 5 años desde 1975. Atendiendo al estudio de estos dos economistas, ¿sabe cuál habría sido la rentabilidad anual media de su dinero una vez descontada la inflación? El 7%. Pongámosle un rostro más humano a los porcentajes: si usted hubiese invertido el equivalente a 10.000 euros de hoy cada lustro (2.000 euros al año o el 10% del salario medio en España) desde 1975, hoy podría jubilarse con un patrimonio de 330.000 euros. Usted habría metido 70.000 euros a lo largo de 35 años y la bolsa le hubiese regalado 260.000... y además le habría protegido de una inflación brutal.
Parece, pues, que la capitalización no está tan mal después de todo. Y eso que nos hemos conformado con replicar el índice madrileño: ni nos hemos preocupado por buscar fondos de inversión excelentes como Bestinver o por haber invertido desde España en bolsas extranjeras que, como la estadounidense, han proporcionado una mayor rentabilidad real.
Como dice Roy Miller: basta con ahorrar un 10% de nuestra renta e invertirla periódicamente en la bolsa que tenemos al lado de casa para jubilarnos con un patrimonio decente. Cosas del capitalismo y de la sociedad de propietarios.
Juan Ramón Rallo es jefe de opinión de Libertad Digital, director del Observatorio de Coyuntura Económica del Instituto Juan de Marianaprofesor de economía en la Universidad Rey Juan Carlos y de ISEAD y autor de la bitácora Todo un Hombre de Estado. Ha escrito, junto con Carlos Rodríguez Braun, el libro Una crisis y cinco errores, galardonado con el Premio Libre Empresa 2010.

Fuente del artículo aquí

miércoles, 12 de enero de 2011

GUÍA DE PARAÍSOS FISCALES Y EL IMPACTO FISCAL EN LA INVERSIÓN A LARGO PLAZO

¿Qué son los  paraísos fiscales? ¿Dónde están, qué ventajas ofrecen y cómo funciona su complejo entramado económico y legal?


Con un estilo sencillo, desenfadado, y desde un punto de vista independiente, trataremos de responder a éstas y muchas otras cuestiones relacionadas con los centros financieros offshore y la banca extranjera.

Nuestra Web es un completísima guía de iniciación, a través de la cual podrá conocer todos los aspectos relevantes, relacionados con los paraísos fiscales y las finanzas internacionales. 






sábado, 8 de enero de 2011

Murray Newton Rothbard

Por Juan Ramón Rallo


A diferencia de Hayek, el otro gran discípulo de Ludwig von Mises no fue austriaco, sino estadounidense. No fue un liberal clásico al uso, sino un convencido anarcocapitalista. No trató de hacer concesiones fusionistas con las corrientes económicas mayoritarias, sino que las atacó sin piedad. No tenía una mente dispersa en múltiples campos, sino sistemática y maestra en todos ellos. No creía en los cambios graduales sino que, como Lord Acton y Leon Trotski, abogaba por la "revolución permanente".

Murray Newton Rothbard es, sin duda alguna, el más representativo de la segunda generación de los discípulos de Mises. Si la primera –con Hayek, Machlup, Haberler o Morgenstern– se había fraguado en los círculos intelectuales de Viena durante la década de los 20, esta segunda se constituyó en Nueva York durante los años 50 y comprendió, aparte de a Rothbard, a otros eminentes académicos como Israel Kirzner, George Reisman, Hans Sennholz o Louis Spadaro.
Si en nuestra pequeña biografía de Mises ya tuvimos que advertir que unas pocas páginas no iban a hacer justicia a todas sus contribuciones económicas y en la de Hayek mencionamos la variedad de disciplinas a las que recurrió para justificar su teoría de los órdenes espontáneos, en el caso de Rothbard hay que empezar señalando que el estadounidense trató de dominar y de reformular un sinfín de materias: economía, ética, filosofía política, política, metodología, historia económica, historia del pensamiento económico o historia estadounidense fueron sólo algunos de los temas sobre los que escribió prolijamente.
Suele decirse que tal cantidad de escritos sólo pudo ser acometida por cuatro o cinco Rothbards distintos, especializados cada uno de ellos en un área del conocimiento concreta; aunque, todo hay que decirlo, la hipótesis de Walter Block, uno de los seguidores y amigos de Rothbard, parece más verosímil: el estadounidense era capaz de escribir a una media de ocho páginas por hora.
Aún así, lo cierto es que los dos grandes temas del pensamiento rothbardiano, de los cuales nacen por combinación todos los restantes, son la praxeología y la filosofía política.
Su teoría económica
El estadounidense, pese a sus diversos intereses, fue sobre todo un economista. Un excelente economista, diría yo –pese a que discrepo en varios asuntos fundamentales de su teoría monetaria–, distinguido en todo momento por su rigor y sistemática. Tengamos presente que Rothbard publica su gran tratado de economía, El hombre, la economía y el Estado, a la edad de 36 años. Lo que empezó como una guía académica para comprender la Acción Humana fue engordando hasta transformarse en un volumen de más de mil páginas que el propio Mises describió como "una contribución trascendental para la economía".



Como digo, si algo caracteriza a la teoría económica de Rothbard es su robótica sistemática y su extremo rigor metodológico. En cuanto a lo primero, cualquier lector de su tratado de economía comprobará lo cuidado y meticuloso del lenguaje de Rothbard frente al mucho más literario estilo de Mises. Si el austriaco sistematizó las ideas, el estadounidense se encargó de sistematizar los razonamientos. A la luz de Rothbard, el sistema miseano exhibe con enorme claridad toda su consistencia interna (entre las diversas partes de la teoría) y externa (con la realidad).
Precisamente, esta consistencia es la otra gran característica que impregna todo el libro: Rothbard no busca atajos en sus razonamientos, sino que les exige a todos ellos que pasen el test de ser compatibles con el resto de teoremas y con la realidad. Su rigor metodológico es extremo. El estadounidense tenía muy claro que, en contra de lo que proponían otros economistas como Milton Friedman, la función esencial de la economía no es la de predecir el futuro, sino la de explicar la realidad. Nunca soportó demasiado bien que la mayoría de economistas partieran de supuestos irreales con tal de convertirse en algo así como "buenos predictores".
Si los positivistas se escudaban en la extrema complejidad de los fenómenos que estudia la economía para defender sus irreales simplificaciones, Rothbard objetaba con razón que precisamente por esa complejidad, resultaba absurdo ir arrastrando errores en cada sucesivo razonamiento; construir sobre errores, simplificaciones e irrealidades sólo nos conduciría a desarrollar oscuras y abstractas modelizaciones con las que nos sería imposible comprender el complejo mundo en el que nos movemos y, por consiguiente, incluso realizar la más mínima predicción exitosa.
El realismo que exigía Rothbard a la teoría económica era exquisito y absoluto, dado que una premisa falsa podía arrastrarnos a conclusiones igualmente falsas, aun aplicando adecuadamente el razonamiento lógico. Sus reflexiones sobre el método de la economía se encuentran recopiladas en los dos volúmenes de La lógica de la acción y, más en particular, en su famoso artículo Hacia una reconstrucción de la utilidad y de la economía del bienestar.

Básicamente, Rothbard, a diferencia de Mises, parte de que la acción humana es un axioma de cuya verdad somos conscientes de manera empírica: los seres humanos sabemos que el actuar forma parte de nuestra naturaleza gracias a nuestra experiencia. Sobre este axioma y alguna otra hipótesis empírica auxiliar (la diversidad de recursos y habilidades en la sociedad humana) Rothbard, muy en línea con la Acción Humana, desarrolla toda la restante teoría económica pero respetando siempre ciertos límites: la economía y la ética son disciplinas distintas (si bien la primera puede influir en la segunda, pues no puede ser ético aquello que resulta imposible); la psicología y la economía estudian campos distintos pero complementarios (de ahí que, en realidad, la praxeología no necesite asumir un dualismo cuerpo-mente, ni siquiera en las versiones más relajadas del teatro cartesiano) y lo que le interesa a la economía no son estados mentales, sino las decisiones y preferencias que se materializan en la acción concreta (la preferencia demostrada); la utilidad es un fenómeno ordinal no cuantificable que se manifiesta en la acción y por tanto no pueden efectuarse comparaciones intersubjetivas de utilidad; la indiferencia es un fenómeno psíquico, no económico, pues al actuar se demuestra siempre que se prefiere una opción frente al resto.


Fijémonos en cómo algunas de estas limitaciones en pos del realismo restringen mucho el campo del intervencionismo estatal. Si no podemos realizar comparaciones intersubjetivas de utilidad, entonces no es posible afirmar en términos económicos que la redistribución de la renta mejora el bienestar general. O si nuestras preferencias sólo se materializan en la acción, entonces resulta imposible afirmar económicamente que un grupo de individuos quiere que se provea un bien que ni se ha provisto ni se va a proveer en ausencia de la intervención del Estado (bien público).


Por supuesto, seríamos muy ingenuos si creyéramos que los intervencionistas van a aceptar que sus teorías se han visto refutadas por un simple error de forma. La crítica económica a las redistribuciones de renta, a las externalidades o a los bienes públicos debe ir mucho más allá que a descartarlos de entrada por no tener encaje en una teoría económica realista y subjetivista. De hecho, muy probablemente incluso se podría hallar  ese encaje, pero la crítica de Rothbard sí revela dos cosas: que los intervencionistas han popularizado sus teorías sin que se hayan tenido que esforzar en pulir su realismo (lo que, a su vez, revela una agenda más política que económica) y que generalmente las violaciones del realismo preceden a violaciones de la ciencia y las violaciones de la ciencia a violaciones de la libertad.

Tan sólo esta traducción de la Acción Humana a un formato más sistemático y riguroso si cabe (tanto que en ocasiones se pierde parte de la profundidad analítica de Mises) ya convertiría a El hombre, la economía y el Estado en una excepcional y muy recomendable obra. Pero, además, Rothbard realiza dos novedosas y esenciales contribuciones a la economía que no estaban presentes en el libro de Mises: en concreto, sus teorías sobre el monopolio y sobre los límites del cálculo económico.
En cuanto a lo primero, Mises había admitido como posible, aunque muy improbable, la existencia de monopolios en un mercado libre. Su análisis no se diferenciaba en lo sustancial del neoclásico predominante (aunque sí en algún punto clave en torno a los costes sociales del monopolio). Rothbard, en cambio, completó la intuición hayekiana de que la competencia debe estudiarse no como un estado, sino como un proceso de rivalidad para lograr el favor de los consumidores. En este sentido, el estadounidense lanza por la borda la célebre distinción entre "precio de competencia" y "precio de monopolio", argumentando que en la realidad resultan indistinguibles bajo criterio alguno: el único precio que existe es el de mercado y a él debe restringirse la ciencia económica. Para Rothbard, el único monopolio que existe es el creado por el Estado (el propio Estado es un monopolio, de hecho) y todas las otras formas de organización empresarial son simples estrategias –incluyendo las fusiones o los tan denostados cárteles– que tratan de beneficiar en última instancia al consumidor.
Por otro lado, Rothbard complementa el teorema de la imposibilidad del socialismo de Mises al descubrir que el problema no es específico del comunismo, sino de todo sistema de organización económica donde los factores productivos carezcan de precios de mercado. En otras palabras, los empresarios tampoco serán del todo capaces de practicar el cálculo económico en el sistema capitalista si algunos factores productivos carecen de mercado y, por tanto, de precio (por ejemplo, un bien de capital muy específico desarrollado por una empresa para su uso interno).
Las implicaciones de este descubrimiento son múltiples, pero están muy relacionadas con el tamaño óptimo de las empresas: dado que cuanto más grandes sean las compañías, peor podrán redistribuir su capital, no es cierto que en el mercado exista una tendencia hacia el crecimiento ilimitado de las empresas (o el monopolio único, en lenguaje marxista). Los gestores de ese monopolio único privado se enfrentarían a problemas análogos a los de un comité de planificación central en el socialismo.

Del resto de la obra –aparte de la interesante ampliación que hace del libro Precios y Producción de Hayek, su clarificación del concepto de preferencia temporal de Böhm-Bawerk siguiendo al economista Frank Fetter, o su irregular teoría monetaria, mucho más cuantitativista de lo que él era consciente– destaca su despiadada crítica a todo tipo de intervencionismo económico en unos capítulos que originalmente fueron publicados como un libro aparte –Poder y mercado.
Rothbard no ataca aquí el intervencionismo por ser contrario a los derechos del ser humano, sino, en línea con Mises, por no ser capaz de resolver los problemas hacia los que supuestamente se dirige. Sin embargo, para el estadounidense, esta crítica utilitarista contra el estatismo no era suficiente. Al fin y al cabo, argumentaba Rothbard, el objetivo de las intervenciones del Estado no tiene por qué ser el declarado (por ejemplo, acabar con la carestía de un producto imponiendo un precio máximo a su venta), sino simple y llanamente acrecentar el poder de la clase política (objetivo éste que sí cumplían con bastante éxito). Tampoco le valía a Rothbard el argumento antirracionalista de Hayek según el cual debemos respetar las instituciones que emergen espontáneamente por contener éstas una cantidad de información que ningún ser humano individual es capaz de procesar; al fin y al cabo, decía, en muchas ocasiones esta sumisión ciega a la costumbre y a la experiencia recibida podría convertirse en la dictadura del statu quo (¿habría que haber conservado la institución de la esclavitud?).
Su filosofía política
El estadounidense, pues, se ve impulsado a justificar y asentar la necesidad de libertad en la doctrina de los derechos naturales aristotélico-tomista que su maestro Mises tanto detestaba por considerarla pura superstición. Rothbard pensaba que sí era posible deducir una serie de normas o pautas generales a partir de la naturaleza del ser humano: hay ciertos principios que deberían observar todas las formas de organización social que quieran minimizar los conflictos y sobrevivir, sin que esta reflexión suponga un intento por construir hiperracionalistamente las instituciones concretas por las que deben regirse y coordinarse. En particular, el derecho básico de todo ser humano es para Rothbard el de la autopropiedad: cada individuo tiene el derecho a controlar su propio cuerpo y a establecer relaciones con su entorno (apropiárselo), lo que implica que carecerá de derechos para controlar los cuerpos y las propiedades ajenas (principio de no agresión).

En La ética de la libertad, Rothbard desarrolló todo este sistema ético hasta sus últimas consecuencias: el Estado, al asentarse en el expolio sistemático de la propiedad ajena, es el mayor criminal que existe y por tanto debería desaparecer. Fusionando la ética del derecho natural con el anarquismo e individualismo radical de ciertos autores estadounidenses como Benjamin Tucker, Lysander Spooner o Albert Jay Nock y, sobre todo, con las ideas del pionero economista belga Gustav de Molinari, Rothbard dio carta de naturaleza al movimiento anarcocapitalista dentro de la Escuela Austriaca.
Con estas dos armas –la filosofía política y la praxeología–, Rothbard creía tener suficiente para desatar una ofensiva sin cuartel contra el Estado (por ejemplo, en su panfletario Hacia una nueva libertad: el manifiesto libertario). Si el Estado es contrario a los derechos del ser humano y además reduce su prosperidad, no hay motivo para que siga existiendo un minuto más. El estadounidense se declaraba incluso partidario de pulsar un hipotético botón rojo que suprimiera todas las instituciones políticas ipso facto.
Y es aquí, me temo, donde el análisis hayekiano sí tiene bastante que decir: porque al margen de que la crítica económica que efectúa Rothbard contra la provisión de defensa por parte del Estado sea muy endeble, la eliminación del aparato estatal de la noche a la mañana dejaría a nuestras sociedades desprovistas de un mecanismo por el que (más mal que bien) se coordinan a día de hoy. La destrucción revolucionaria del Estado llevaría a la anarquía en su peor sentido (a la ausencia de un orden espontáneo) aun cuando podamos suponer que en algún largo plazo la sociedad se reorganizaría bajo directrices liberales y antiestatistas (o no).
Parece más lógico, y compatible con la naturaleza humana, suponer que si el Estado llega a desaparecer algún día (y aquí hace falta bastante más investigación científica, no sólo económica, que justifique esta esperanza) será de manera gradual. Porque sí, la URSS se derrumbó de la noche a la mañana, pero las instituciones que la sustituyeron (mercados más o menos libres y ordenamientos jurídicos) eran fruto de la evolución de centurias.
Aún así, la filosofía política de Rothbard ha resultado una rica fuente de inspiración para muchos científicos sociales, al permitirles abrir al máximo sus horizontes de investigación. Hoy, por fortuna, disponemos de una creciente literatura sobre lo que Michael Polanyi llamó "órdenes policéntricos" (diversidad de centros de jurisdicción que interactúan en un mismo territorio sin un árbitro último que resuelva monopolísticamente sus conflictos) y sobre alternativas en apariencia viables a todas o casi todas las funciones del Estado. La filosofía política de Rothbard, pues, más que un punto de llegada o confluencia de tradiciones diversas, debe ser observada como un punto de partida para un programa de investigación mucho más amplio (y que, en parte, aún está en pañales).
Otras contribuciones
En cualquier caso, toda la vida personal y profesional de Rothbard giró sobre estos dos ejes: la praxeología austriaca y la ética anarquista. Su valiosa reinterpretación de la Gran Depresión estadounidense (que Paul Johnson utiliza como principal referencia para este episodio histórico en Tiempos Modernos) es una forma de demostrar cómo la teoría austriaca del ciclo económico explicaba a la perfección aquella crisis; su muy completa Historia del Pensamiento Económico, si bien nutrida en demasía de fuentes secundarias, es una manera de alertar a los economistas de que el avance científico no es progresivo y de que en la historia de nuestra ciencia han sido más frecuentes los consensos en torno a teorías falsas que en torno a las verdades fundamentales que luego iría desarrollando la Escuela Austriaca; sus Qué ha hecho el gobierno con nuestro dinero, El caso contra la Fed, Una historia monetaria y bancaria de Estados Unidos o El misterio de la banca son estudios detallados –en ocasiones demasiado conspiranoicos– sobre cómo el Estado ha ido pervirtiendo la institución del dinero para sufragar sus dispendios y beneficiar a la plutocracia bancaria; y su Concebidos en libertades una reinterpretación histórica de la revolución americana a la luz del liberalismo radical.
Pese a su antiestatismo militante, no fue reacio a meterse en política y a aliarse con cualquier movimiento que circunstancialmente le sirviera, con más pena que gloria, para promover objetivos liberales (si bien casi siempre estuvo en la órbita del Partido Libertario estadounidense). En política exterior, era un decidido aislacionista partidario de la neutralidad de Estados Unidos; nunca vio con buenos ojos, todo lo contrario, las guerras "democratizadoras" que a modo de cruzadas desarrollaba el gobierno para pacificar el planeta y constituir un imperio republicano. En política interior, buscaba desarmar por entero el Estado de Bienestar (no aceptaba medias tintas como el cheque escolar de Friedman) y regresar al patrón oro con tal de constreñir el gasto y el endeudamiento públicos. En definitiva, sus bestias negras en política eran el Warfare y el Welfare State; a su juicio, dos caras de la misma moneda.


Murray Rothbard murió en 1995, a la temprana edad de 68 años. Tras de sí nos dejó no sólo una muy variada obra (en temas y en calidad), sino también un think tank, el Mises Institute, que, pese a todos sus defectos, es el centro que más ha hecho hasta la fecha por promover y facilitar el acceso a las ideas austriacas por todo el mundo. Aunque probablemente nunca alcanzará la fama de Mises o de Hayek, sería imposible concebir la pujanza, la claridad y la solidez del pensamiento austriaco actual sin su labor.
Por fortuna, las líneas de investigación que abrieron MengerBöhm-Bawerk,MisesHayek y Rothbard siguen siendo exploradas, ampliadas, reformuladas y enriquecidas por miles de economistas en todo el mundo. Sus obras son y seguirán siendo referencias esenciales para todos aquellos interesados en la economía y en todas las disciplinas conexas a la misma. Estoy convencido de que es dentro de este paradigma donde podemos encontrar y seguiremos encontrando una respuesta válida a gran parte de nuestros problemas contemporáneos. En parte –sólo en parte– que seamos capaces de defender en la teoría y en la práctica nuestra libertad en el futuro dependerá de que vayamos absorbiendo y difundiendo intelectualmente los escritos de estos cinco gigantes intelectuales y de sus muchos brillantes discípulos.


Fuente

jueves, 6 de enero de 2011

El Warren Buffett europeo

Francisco García Paramés, director de inversiones de Bestinver Internacional, ha asegurado, en una entrevista en la CNBC hace unos días, que es más fácil practicar un tipo de inversión de valor en Europa que en otras partes del mundo, debido a la mayor facilidad para encontrar compañías familiares poco apalancadas frente a otros mercados, como el estadounidense. Durante la entrevista, Paramés ha sido presentado como el Warren Buffett europeo.

domingo, 2 de enero de 2011

El problema de la inversión en vivienda

La vivienda se ha convertido por derecho propio en el azote de nuestra economía gracias a un desmedido afán de los ahorradores por convertirse en propietarios, de los Ayuntamientos por engrosar sus arcas y de los promotores por  sacar el máximo rendimiento a su actividad sin pensar en la sostenibilidad de la misma, además, por supuesto, del papel de los bancos como prestamistas que no tuvieron en cuenta las normas básicas sobre medición de riesgos a la hora de conceder crédito. Sólo así puede explicarse una burbuja inmobiliaria de las dimensiones de la española, que ha dejado a la mitad de la banca y sobre todo de las cajas en una situación límite.
Esta reflexión llega a colación de una noticia que ayer pudimos ver en todos los medios de comunicación:Los jóvenes tendrían que cobrar el doble para poder comprar un piso. La cifra mágica son 2.267,64 euros al mes o 27.211,66 euros al año, según el Observatorio de la Vivienda del Consejo de la Juventud (CJE), lo que  supone un 74,62% más que el salario medio actual. De forma resumida, el CJE ha basado sus cálculos en una  capacidad de endeudamiento razonable de no más del 30% de los ingresos -quienes quieran acceder al informe completo pueden hacerlo aquí-

Lo cierto es que estos datos invitan a hacer una reflexión sobre el desmedido afán de convertirse en propietarios por parte de la mayoría de ahorradores cuando, como explica Fernando Encinar , jefe del departamento de estudios de Idealistaen una reciente entrevista “la compra de una vivienda es una de las decisiones más irracionales que toma el ser humano. Es curioso porque es la inversión más grande que hacemos pero también la más irracional porque entre compra y al alquiler, lo racional es alquilar. En el momento que haces números, salen a cuenta”. Más allá de la elección entre alquiler o compra, lo cierto es que desde un punto de vista inversor, la vivienda no es la mejor alternativa.
Como hace tiempo comenté en Dinero Expertoen vivienda no se invierte. Los datos hablan por sí solos cuando se compara la compra de una casa con la bolsa y otros productos financieros en términos de inversión. El problema es que gracias a la burbuja inmobiliaria nos hemos acostumbrado a ver el ladrillo como una inversión sin riesgo que crece a ritmos superiores al 10% anual cuando la historia nos dice otra cosa.
Para demostrarlo Tristán el subastero nos trae un gráfico con el precio histórico de la vivienda en Estados Unidos. Basta con un primer vistazo para darse cuenta de las oscilaciones y de que la progresión en el precio no es ni mucho menos lineal. Pero podemos ir un poco más allá y comprar la rentabilidad de dos operaciones: por una lado la venta de una vivienda y por otra la inversión en bolsa: Una casa comprada por 75.000 euros en 1990 y vendida en 2009 por 175.000 frente a invertir ese dinero en Bolsa -y para simplificarlo más en el Ibex 35.



En el fondo, resulta lógico, ya que la vivienda es un activo que se deteriora con el paso del tiempo y cuyo único medio para revalorizarse es la escasez del suelo.  Lo que no es razonable es comprar una vivienda por 100.000 euros y pretender venderla por 250.000 al cabo de tres años. Pero incluso en esos grandes negocios inmobiliarios la rentabilidad que se obtiene está muy por debajo de lo que se puede ganar en bolsa, sobre todo si tenemos en cuenta maravillas como el interés compuesto, que ya trataremos en otro artículo.
Si ya incluímos la variante del alquiler en la ecuación los datos son todavía más claros.Veamos qué opción es más rentable desde un punto de vista financiero partiendo de un capital inicial de 50.000 euros que destinaríamos a la compra de una vivienda de 200.000 euros, siguiendo un ejemplo de Lycka Bonita. Para ello tendremos que:
  • Calcular el precio por el que deberíamos que vender la casa a los 20 años para RECUPERAR la inversión. Considera una inflación anual constante del 2,5% y una hipoteca contratada a un tipo fijo de 4,5% -hacerlo a tipo variable resultaría mucho más complicado-.
  • Calcular los beneficios de invertir esos 50.000 € en depósitos del 2,5 % TAE de 6 meses durante 20 años, en el mismo escenario de inflación anual constante del 2,5 %
La respuesta parece bastante clara. Si tomamos la inversión en vivienda sólo como inversiónlos números nos van a decir que en ningún caso compremos -si bien también existen estudios que determinan que comprar resulta más rentable al cabo de cinco años-. Sin embargo, cada año cientos de personas se endeudan durante 20 años o más para convertirse en propietarios ¿Hacen mal? Desd un punto de vista exclusivamente inversor sí, pero es que al final una vivienda es algo más que una inversión. Es donde van a estar nuestros seres queridos, pertenencias y nuestra vida, a fin de cuentas, y por eso resultan tan complicado invertir en vivienda, aunque sea la inversión más importante de nuestras vidas.